Ha comenzado un nuevo ciclo histórico-político en México. Todo indica que será un periodo dominado por un solo sujeto totalizante: un ente dual, autoidentificado como persona-nación, presidente-pueblo. Algo semejante a lo que ocurre en la teología católica con el dogma del Espíritu Santo: tres personas divinas y un solo Dios verdadero.

Al decir de sus arrobados discípulos, el titular del Ejecutivo Federal dejó de ser un ser humano normal, responsable de uno de los poderes del sistema republicano. Se transfiguró en un hijo laico de Dios y goza de todas sus complacencias. En su visión, el pasado primero de diciembre el ungido ascendió al legislativo monte Tabor de San Lázaro y cargó sobre sus espaldas la misión redentora de nuestro atribulado pueblo; acto seguido, en el Zócalo, previa entronización en el sincretismo de la religiosidad indígena, pronunció el sermón de las cien bienaventuranzas.

Se inició el nuevo testamento mexicano. Nació quien pondrá fin a la decadencia de la patria e iniciará su renacimiento. El antiguo régimen neoliberal, reino de maldad y pudrición, del que procede todo mal, dominado por el demonio y sus personeros: los escribas empresariales y fariseos conservadores, serán eliminados de la faz del territorio patrio.

Esta es la fe de una nueva religión política, tendrá su constitución moral y será predicada por iglesia-partido de Estado, así llegaremos al paraíso terrenal prometido.

Como en toda teocracia, los herejes e incrédulos serán perseguidos y hostigados por los fieles en las redes sociales y, si fuera preciso, expulsados, faltaba más. No hay caudillo santo por la gracia de Dios, digno de ese título, que no practique aquello de conmigo o contra mí. No habrá tolerancia.

Así que opositores, críticos y malquerientes más vale que entiendan, de una vez por todas, quién manda. El pueblo bueno y sabio ataviado con la banda tricolor —no olvidar el misterio la unicidad— no tiene tiempo para escuchar opiniones diversas y practicar el pluralismo. Eso es puro chantaje diabólico. ¡Conviértanse!, Dios es uno y el líder su profeta, las consultas populares lo prueban.

Este grotesco discurso ya está colocado en el escenario político y no es broma. Por ahora es difícil saber si corresponde a una descontrolada autoexaltación, producto de un largo y meritorio esfuerzo para ocupar Palacio Nacional o estamos ante un cuadro de megalomanía aguda. En todo caso, así como se ve, no hace sino aumentar las incertidumbres y a querer o no, nubla las partes positivas de su programa político.

Es innegable que el país necesita cambios profundos; a concretar las medidas en favor de la inclusión y la justicia social podría convocar a todos, sin maniqueísmos.

Nuestra imberbe democracia se extravió en la corrupción, necesita ser liberada del dominio de señoríos feudales y cenáculos privilegiados, esto también es urgente y deber ser tarea de todos, no sólo de una de las partes, así sea mayoritaria.

Es convicción generalizada que la economía nacional requiere rediseño para generar mayor crecimiento y distribución del ingreso, por sectores y regiones, pero no se logrará con voluntarismo sin rigor técnico y racionalidad económica.

Malas noticias son si la llamada cuarta transformación se entiende como demolición de los principios sustantivos del modelo democrático, republicano y federalista que nos hemos dado a lo largo de dos siglos. Ha sido obra plural de generaciones.

Reconstruir el sistema corporativo, paternalista y al partido de Estado, con un nuevo Tlatoani divinizado en la cúspide del poder, al mando de fuerzas armadas ideologizadas. Alinear la administración pública federal para concentrar una ciclópea masa de poder orientada a jibarizar y aplastar a gobernadores y municipios es, simplemente, retrogradador.