Han desaparecido personas y personajes que en tiempos de nuestros padres eran adorno de la vida cotidiana.

Arrieros, cocheros, sotas, cargadores, herreros, carroceros, aguadores, hortelanos, campaneros, carretoneros, todo un desfile de tipos pintorescos idos para siempre, como desaparecieron después en vareador de lana, y casi ya el afilador de María Enriqueta, que viene tocando su caramillo, y el apaleador de nogales, y el capador de gatos, y el tejedor de tule, y tantos y tantos más que eran parte de la vida en Saltillo y que se fueron ya.        

Podemos imaginar a los niños, jugando a la pelota y la rayuela en las esquinas, o “coleándose” de los coches, que así se llamaba a colgarse de la parte posterior de los cochecitos de caballos, yo todavía alcancé a hacerlo y a sentir la honda emoción deliciosa de la aventura prohibida, con el riesgo de recibir en el lomo o las costillas la caricia del exactísimo “chicote” del cochero, que manejaba su látigo con funesta puntería de Guillermo Tell. Niños que hacían volar sus “papelotes” (papalotes decíamos nosotros) desde las azoteas de las casas, o en la amplitud de la plaza sin arboles ni fuentes, y por eso amenazados con una multa de 25 centavos por un legislador draconiano que se había olvidado de que alguna vez fue niño. Saltillo de 1886 que se dormía al toque de oración y despertaba con las luces primeras de la aurora; que vivía al ritmo lento del paso de los viejos jamelgos por las calles; donde el café era visto por los honrados vecinos con los mismos ojos de suspicacia con que se ven la cantina y los billares. De todo eso ¿algo nos queda? o ¿todo se hizo polvo, cenizas, sombra, nada, como el poeta dijo? Podemos al menos correr las cortinas del vasto salón de las memorias, y en una tibia penumbra evocar aquella ciudad pequeña de nuestros abuelos. Jamás los muertos entierran a sus muertos, y nosotros seguimos velando en los aposentos del corazón del cuerpo tibio de aquel pueblo párvulo de nuestros padres y nuestros abuelos.

Igual que ahora, reglamentos mil de todo jaez y laya obligaban a los comerciantes. Parece, sin embargo, que según pasa el tiempo más leyes se inventan en relación con las actividades del comercio, hasta el punto en que cada vez se va volviendo más difícil hablar de “el libre comercio”.

“Pessima tempora, plurimae leges”, decían los antiguos. Cuando los tiempos son peores, hay más leyes.