Han desaparecido personas y personajes que en tiempos de nuestros padres -y en los nuestros de niños- eran adorno de la vida cotidiana. Arrieros, cocheros, herreros, carroceros, aguadores, hojalateros, hortelanos, campaneros, carretoneros; todo un desfile de tipos pintorescos idos para siempre, igual que desaparecieron después el vareador de lana; el afilador de María Enriqueta, que ahí viene tocando su caramillo; el apaleador de nogales; el capador de gatos; el tejedor de tule, y tantos y tantos artesanos más que eran parte de la vida en Saltillo y que se fueron ya.        

No podemos imaginar ahora a los niños jugando a la rayuela en las esquinas, o “coleándose” de los coches, que así era llamado el acto de colgarse de la parte posterior de los carritos tirados por caballos. Yo todavía alcancé a hacerlo, y sentí la deliciosa emoción de hacer lo prohibido aun a riesgo de recibir en el lomo o las costillas la caricia del exactísimo “chicote” del cochero, que manejaba su látigo con funesta precisión.

En aquel tiempo los chiquillos hacían volar sus cometas (papalotes decíamos nosotros) desde las azoteas de las casas, o en la amplitud de la plazuela sin árboles ni fuentes. Estaban amenazados de pagar por eso una multa de 25 centavos, ideada por algún torpe legislador que se había olvidado de que alguna vez fue niño.

Desde luego no existe ya aquel Saltillo que se dormía al toque de oración y despertaba con las luces primeras de la aurora; ciudad que vivía al ritmo lento del paso de los viejos jamelgos, donde el rondín de la policía -gendarmes a caballo- recorría las calles por las noches para cuidar el sueño de los vecinos.

De todo eso ¿algo nos queda? ¿O todo se hizo polvo, cenizas, sombra, nada, como el poeta dijo? Quienes son de mi edad pueden al menos correr las cortinas de la memoria, y en una vaga penumbra evocar la ciudad pequeña de nuestros antepasados. Jamás los muertos entierran a sus muertos: nosotros seguimos velando en el corazón el cuerpo de aquel Saltillo párvulo de cuando nosotros éramos párvulos también.

Otra cosa que ha cambiado es el clima. Antes los inviernos de Saltillo eran eso: inviernos. El frío empezaba en octubre -jamás fallaba el cordonazo de San Francisco-, y el Día de Muertos, lo mismo que el desfile del 20 de noviembre, la Navidad, el Año Nuevo, Reyes y la Candelaria, se celebraban con un frío intensísimo Salían entonces de arcones y roperos aquellas pesadas cobijas “de lana y lana”, tejidas en los obrajes saltillenses -barrio del Águila de Oro-, que no calentaban pero pesaban como lápidas, y que tenían olor a chivo meado. Salía también el “maquinof”, prenda igualmente hecha de lana, especie de medio abrigo que picaba como si llevase uno encima pencas de nopal.

Ahora, con esto del sobrecalentamiento del planeta, el clima anda todo trastocado, y ya no sabe uno a qué atenerse. Lo hemos visto en estos días: tras una seca de meses empezó a llover, si no torrencialmente sí competentemente; después de días gélidos ha hecho en estos días calor de infierno, con un sol más picoso que aquellas cobijas de lana y lana.

Ya ni siquiera el clima lo hacen como lo hacían antes.

Es mejor no recordar los viejos tiempos, así evitaremos derramar una furtiva lágrima.