Sentarse en las bayonetas. Apenas se cumplen hoy 12 días del inicio del nuevo gobierno y encuentra ya sus primeras resistencias serias el argumento de que una vasta mayoría electoral otorga licencia para arrasar con normas, instituciones, derechos y contratos legalmente instituidos. Los diferendos de las últimas horas apuntan en dirección a riesgosos choques de poderes y, a consecuencia de ellos, a desequilibrios presupuestales y eventuales descontroles financieros. En estas condiciones, las metáforas bélicas que en el bando oficialista equiparan fuerza electoral y parlamentaria con efectivos militares con capacidad de destruir un viejo régimen e imponer una cuarta transformación, no sólo encuentran diques en el entramado institucional de los poderes del Estado, en los grupos de interés y en la lógica financiera global, sino que también encuentran límites y llamados de alerta en el propio lenguaje metafórico castrense de la historia universal.

Contra la arrogancia del poder fincado en el control de los ejércitos –todavía no de los mercados de votantes ni de los parlamentos–, Talleyrand, el diplomático francés que sirvió lo mismo al guillotinado Luis XVI que a los revolucionarios guillotinadores, a Napoleón que a la restauración monárquica; produjo una frase que pasó a la historia medio siglo después, citada por el socialista polaco alemán Ferdinand Lasalle: "Todo se puede hacer teniendo las bayonetas, menos sentarse en ellas". Para las generaciones que no han visto más guerras que las de sus centelleantes videojuegos, aquellos personajes se referían a las puntas afiladas que se acoplaban al extremo del cañón de los fusiles para el combate cuerpo a cuerpo, y sobre las cuales, de acuerdo a Talleyrand y Lasalle, sería un tanto incómodo sentarse.

Y para quienes hoy suponen que todo se puede hacer con 30 millones de votos, Lasalle alertaría hoy contra el riesgo de pretender sentarse en esos votos puntiagudos bajo el supuesto de que constituirían un fundamento permanente de poder. Y no sólo por las contradicciones internas del oficialismo en el Congreso y en el Gabinete, ni por la volatilidad de los mercados electorales de hoy, sino también por la insuficiente solidez que ofrecen poco más de la mitad de los votantes efectivos, apenas un tercio de los ciudadanos en edad de votar y la cuarta parte de la población total.

Bayonetas y consultas. Todo puede hacer el nuevo gobierno con sus numerosas bayonetas, insistiría Lasalle a la vista de las portadas de los diarios y las entradas de los noticiarios de ayer y anteayer, menos pretender sentarse sobre sus votantes y sobre sus votos en las cámaras, para desde allí imponer, sin acordar, sus condiciones de remuneración y funcionamiento a otros poderes que se propone someter: el Judicial y otros órganos autónomos del Estado. 
¡Cuidado!: un choque de poderes en estos temas podría descuadrarlo todo. Por otra parte, Talleyrand y Lasalle quizás se preguntarían hoy si el nuevo gobierno no está a punto de sentarse en las bayonetas de sus consultas, entre otras, por la que decidió cancelar el aeropuerto de Texcoco, con el riesgo de hemorragias incontrolables de recursos públicos ante el rechazo del lunes de su oferta a los tenedores de bonos.

Lasalle y Talleyrand. Autor del clásico libro basado en su conferencia ¿Qué es una Constitución?, Lasalle le reprochaba al absolutismo sus campañas de desprestigio contra quienes se proponían ejercer sus derechos, en términos familiares a las quejas de nuestros magistrados y ministros respecto del discurso oficialista que los acusa de vivir en el privilegio.

A su vez Talleyrand justificaba en sus memorias sus lealtades sucesivas a monarcas, revolucionarios y emperadores que iban cayendo mientras él permanecía en sus cargos, con una frase a la que quizás también querrían apelar varios personajes de la cuarta transformación: "de todos los gobiernos a los que he servido, no he abandonado a ninguno antes que ellos se hubieran abandonado a sí mismos".