De los libros antiguos se pueden sacar provechosas lecciones. Leo un libro de lectura para niños de quinto y sexto años de primaria. El libro es de 1930, y trae una lección de Historia:

“...Más tarde Cortés volvió con todos sus soldados y después de un sitio prolongado y cruento capturó la ciudad y a Cuauhtémoc, y lo llevó al tormento para arrancarle el secreto de los tesoros reales. Cuauhtémoc, como sabéis, aprovechó la ocasión para hacer una frase célebre...”.

El autor de ese libro es Salvador Novo. No podía ser otro.

Leo un libro de Ciencias Naturales de aquel mismo año más o menos. Y en ese libro encuentro lo siguiente:

“...El erizo se aletarga en cuanto la temperatura baja a unos 4 grados centígrados, y para ello se retira a cualquier agujero natural bien oculto bajo matorrales espesos. Allí queda tan profundamente dormido que se le puede coger y echarlo a rodar sin que se despierte. Se cita el caso de un erizo al cual se degolló mientras dormía, sin que diese la menor señal de dolor. Lo más curioso es que a causa de la lentitud con que entonces circula la sangre, a las dos horas de haberle cortado al animalito la cabeza todavía se notaban los latidos de su corazón. El experimento es algo brutal, motivo por el cual no os aconsejo que lo repitáis...”.

El año de 1906 la señorita profesora, Dolores Correa Zapata, maestra de Economía Doméstica en la Escuela Normal para Profesoras, de la Ciudad de México, publicó su librito “La Mujer en el Hogar”, dedicado –naturalmente- a doña Carmen Romero Rubio de Díaz. De esa obra entresaco un par de textos:

“...Vamos a hablar ahora de los peligros del hogar.

Congestión y hemorragias cerebrales-. Al mismo tiempo que se procura atraer la sangre a los miembros inferiores se debe procurar igualmente desalojarla de la cabeza por medio de compresas de agua fría renovadas incesantemente. Hay que cortar el cabello si es largo.

De los médicos-. Deben ser muy claros en sus indicaciones, y no incurrir en olvidos o culpables abandonos. Cierto doctor, en el momento en que iba a acostarse después de venir de casa de una enferma, oyó que alguien lo llamaba tocando fuertemente a su ventana y gritándole: ‘¡Doctor, doctor, venga usted pronto a casa de doña Fulana!’. ‘Pero, hombre, si acabo de venir de allá, y la dejé muy bien’. ‘Sí, doctor, pero dice que por vida de usted, que está retecansada, que si ya la mete’. ‘Si ya la mete ¿qué?’. ‘La lengua, doctor, porque ya se cansó de tenerla fuera desde que usted le dijo que la sacara’. Como se ve por este ejemplo, las instrucciones de los médicos han de ser siempre muy exactas...’’.

De la búsqueda de esos libros viejos, y de hurgar con curiosidad en ellos, suele derivar siempre una lección: es una solemnísima mentira eso de que todo tiempo pasado fue mejor.