Son la 7 de la tarde del 9 de noviembre de 1989, y el tren de la historia ha salido de la estación central de Berlín. El vocero del Buró Político del partido comunista de Alemania Oriental acaba de anunciar a algunos periodistas estupefactos la caída del muro de Berlín.

No había marcha atrás, aunque apenas en enero de ese año, estando al pie del muro, Erich Honecker, presidente de la entonces República Democrática Alemana, dijo: “El muro estará aquí los próximos 100 años.

Esa noche, en que cayó el Muro de Berlín, culminaba la más dramática en una secuencia extraordinaria de eventos que llevaron al colapso del comunismo en Europa central y oriental, la unificación de Alemania y la disolución de la Unión Soviética.

El Muro había sido un monumento a la brutalidad del sistema comunista y al fracaso de ese modelo. La revolución pacífica que condujo a su colapso fue un testimonio del notable coraje de unos pocos y de la sed de libertad de millones de personas.

Alemania había pasado 28 años dividida por la ambición que, al final de la Segunda Guerra Mundial en 1945, las cuatro potencias aliadas victoriosas –Estados Unidos, la Unión Soviética, Gran Bretaña y Francia– la habían puesto bajo una ocupación conjunta, y cada una administraba una zona del país, y Berlín era la joya de la corona y se dividió hasta en cuatro partes.

Así que cuando el muro cayó, la unidad de las dos Alemanias se consideraba como un sueño irrealizable y distante. Hubo incluso una profunda ambivalencia en la parte Occidental, acerca de abrazar a sus hermanos orientales.

Hoy, después de 30 años, muchas personas recuerdan el colapso del comunismo en el este de Europa a partir de la caída del Muro de Berlín, y recuerdan a miles de manifestantes golpeando el muro con martillos y lo que tuvieran a la mano, porque en el fondo se trataba de aplicar la sentencia de muerte tardía a un sistema de gobierno podrido hasta el núcleo.

Los elementos de esa revolución pacífica fueron innumerables: económicos, políticos, sociales y culturales, y ese año se arremolinaban en una tormenta irresistible, al igual que las hojas que caían y luego los copos de nieve soplaban sobre las multitudes que llenaban las avenidas y plazas de Varsovia, Budapest y Praga, Bucarest, Sofía y Berlín.

Algunos historiadores han identificado a Mikhail Gorbachev, quien se convirtió en líder soviético en 1985, como el mayor héroe de este drama. Así como las políticas de reestructuración (“perestroika”) y apertura (“glásnost”) de Gorbachov crearon espacio para la reforma en la Unión Soviética. Esto pareció levantar la amenaza de que el Ejército Rojo fuera utilizado para aplastar los intentos de liberalización, como lo había hecho en Hungría en 1956 y en la Primavera de Praga, atropellada por los tanques del Ejército Rojo en 1968.

Ese noviembre de 1989, en todas partes del mundo, la gente se preguntaba de dónde sacaron el valor y la fuerza para sacudirse el yugo totalitario de sus hombros en apenas unos días y hacerlo de manera pacífica, cuando habían sido oprimidos por décadas

“El comunismo en Europa tenía muerte cerebral”, dijo Neal Ascherson, un experto en Europa del Este. Los alemanes ya habían perdido todo y esa noche perdieron lo último que les quedaba: el miedo. Ese fue el poder de la revolución.

Pero hay que decirlo, luego de 30 años del fin del comunismo globalizado, el neoliberalismo ha traído al mundo la codicia del capital, la acumulación de mucho en muy pocas manos y, en consecuencia, su evidente fracaso como estrategia de bienestar y prosperidad mundial. El neoliberalismo ha sido extraordinariamente exitoso para concentrar capital, poder y riqueza, pero terrible para combatir la pobreza. Así que tal parecería que sólo el comunismo puede librarnos de las garras de ese capitalismo que nos sacó de las fauces de un comunismo que nos salvó del capitalismo.

Lo que sí nos enseñó la caída del Muro de Berlín es que nada es para siempre y los muros caen. Así que no se desespere si en Coahuila los gobiernos llenos de cinismo y de gente sin ninguna clase de decencia, parece que jamás terminaran, porque una cosa le aseguro: más temprano que tarde, ahí estaremos, para verlo caer a pedazos.

@marcosduranf