Muchas historias me han conmovido, debo confesar que algunas veces hasta las lágrimas.

Pero también me han provocado coraje, indignación, enfado.

Como la historia de Toñito, un niño que “vive” postrado en su cama, sin poder moverse, hablar ni ver.

Como un bulto, como un vegetal.

La de Toñito es una de esas historias tan inverosímiles, tan absurdas, pero tan ciertas, créame.

Resulta que el chico, de humilde cuna, había venido a Saltillo con su familia ahuyentado por la pobreza de un ejido del norte de Zacatecas.

No recuerdo ya el nombre de aquel lugar, pero qué más da.

Toñito había conseguido establecerse con sus padres en una casa de la colonia Cañón de San Lorenzo y parecía que la vida los trataba bien.

Hasta que un día el niño, que se encontraba jugando, cayó de unas escaleras de relativa altura.

Y el incidente no pasó a mayores, salvo por una leve cojera en una pierna, cojera que con el tiempo se acentuó.

La madre del nene tomó entonces la decisión de llevarlo al Hospital del Niño para que lo revisaran.

Doña Rosy, la maná del pequeño, jura que Toño entró caminando y completamente consciente, con todos sus sentidos, al nosocomio.

Varios días permaneció el chico internado en este sanatorio. Que lo someterían a unos estudios le dijeron los médicos a la señora.

Nada, que a las pocas horas de haber ingresado al hospital Toñito ya no hablaba, horas más tarde ya no veía y horas después ya no se pudo mover.

Sobra decir que por supuesto los médicos, los matanceros, como les dice la gente del rancho, se deslindaron de toda responsabilidad y se protegieron entre ellos. 

Que no sabían qué le había pasado al niño, dijeron, y sin más, para deshacerse de esa papa caliente, le dieron de alta.

De modo que Toñito, que había entrado caminando, viendo y hablando en el hospital, salió cargado de los brazos de su madre sin poder caminar, ver ni hablar.

Tiempo después, gracias a unos estudios que sus padres gestionaron ante el gobierno de Zacatecas, supieron que al nene le habían suministrado un medicamento que le había producido una intoxicación en el cerebro o algo así.

Sus padres, gente de pueblo, se negaron a denunciar, no pidieron justicia para su hijo, decepcionados de cómo se hace la justicia en México y en Coahuila.

Entretanto el niño seguía, o sigue, no sé, “viviendo”, como un bulto, como un vegetal.

Qué coraje.

Sin duda otro testimonio de impunidad para muestra amplia colección…

Pero en fin y como me dijo un trailero: la vida es como un restaurante, nadie se va sin pagar…