“Campos magnéticos”. Durante años identifiqué con ese nombre al tercer álbum de estudio del compositor francés de música electrónica Jean-Michel Jarre. Luego, cuando el mundo dejó de estar lejano gracias a internet, supe que el título original era “Les chants magnétiques”, cuya traducción directa al castellano sería “Los cantos magnéticos”. Al efectuar esta transposición idiomática se conserva, felizmente, el juego de palabras que surge de las sonoridades afines. Pero, ¿por qué la portada del cassette decía “campos” en lugar de “cantos”? El álbum apareció bajo el sello discográfico Dreyfus, pero fue distribuido en México a través de Polydor, la cual decidió publicar una portada bilingüe: Magnetic fields/Campos magnéticos. Ésta parece una anécdota trivial, sin embargo enmarca el tema central de mi columna: el problema de las traducciones.

Traduttore, traditore: traductor, traidor. Una expresión clásica del mundo literario, la cual brota de la imposibilidad de verter un texto de un idioma a otro sin perder la pureza del original, es decir, sin traicionar. Fuera del sentido jocoso y figurado de la frase, ¿es justa la acusación?

Si bien el ejemplo del álbum musical no es extraído de la literatura, es muy ilustrador, y por eso lo propongo como válido. Desmenuzaré un poco el asunto intentando algunas teorías.

Seguramente el traductor al inglés identificó perfectamente el juego de palabras y sonoridades implícito en el título francés, pero al efectuar la transposición se topó con serios problemas. Tal vez pensó en “Magnetic chants”, observando que se perdía completamente la referencia original. ¡Pero es que en inglés no existe una palabra que suene parecido a “chants” y que sea sinónima de “fields”! Probablemente el carácter musical del álbum le movió a conservar la referencia a la terminología de la física, optando por “Magnetic fields”. Ejercitaré un poco más la especulación: supongo que hubo un segundo traductor que se encargó de llevar el título al castellano a partir del inglés, pero, desconociendo el título francés, no sospechó que el original encerraba un juego de palabras, por eso no dudó en traducirlo como “Campos magnéticos”.

De los dos traductores que propongo en mi tesis, a ninguno acusaría de traición; a lo sumo, al segundo le atribuiría negligencia. Pero no podemos enviar a estos señores al noveno círculo del infierno, ni a ningún traductor literario (a menos que traduzca disparates). En todo caso, seremos nosotros los que deberemos visitar el quinto recinto para ser castigados por la pereza de no aprender el idioma de nuestros autores. Aunque, si a esas voy, habremos de aprender inglés para leer a Joyce, ruso para Dostoyevsky, francés para Proust, toscano para Petrarca, noruego para Ibsen, japonés para Sōseki, sánscrito para Valmiki, latín para Virgilio, acadio antiguo para comprender el Gilgamesh, y así hasta completar todas las lenguas que han generado literatura a través de los tiempos.

Debemos aceptar que muchas de nuestras lecturas las conoceremos solo a través de sus traductores, pero siempre con la plena conciencia de que en cada una de ellas enfrentaremos una obra distinta, doble creación de un autor y un traductor (que en este trance se vuelve también autor). Por ejemplo, las “Histoires extraordinaires” de Poe-Baudelaire o las “Narraciones extraordinarias” de Poe-Cortázar.

No existe el lector ideal… Un momento, ¿alguien mencionó a Borges? No, ni siquiera él lo fue, sin embargo buscó esa meta constantemente, por ejemplo, aprendiendo el italiano de Dante a partir de una edición bilingüe de la Commedia. ¡Sí, pero él era Borges!, podría decir algún lector. Pues bien, yo soy Reyes y ustedes Sánchez, Marines, Almaguer y Pérez, y si nos sacudimos la pereza podremos conocer el deleite de leer una obra en su idioma original.