En redes sociales parece que nadie escuchó jamás el cuento de “ahí viene el lobo”. Están saturadas de “supuestas noticias” sensacionalistas, y hasta catastrofistas. Ya cualquiera se siente informador y hace circular cualquier nota que atraiga la atención. El número de views es más importantes que el de los likes.

La competencia por atraer la atención se ha multplicado “n” veces. Así que los estándares de calidad informativa salen volando por la ventana. Ya no se reportan hechos, sino suposiciones y corazonadas. Podemos llamarlas teorías, en las que el autor de una nota expone no solo el hecho sino hasta una posible explicación del por qué, sin fundamento alguno.

Las notas con más clientela son las que nos advierten de algo terrible que está por ocurrir. Pero el lobo nunca aparece. Me temo, que un día, cuando realmente aparezca el lobo, ya nadie pondrá atención. Nos vamos a ir vacunando contra tanta historia inventada, que el día llegará en que sea imposible distinguir la verdad de la mentira. Seremos idiotas en el limbo.

Es inútil tratar de instruir a los falsificadores y a los propagadores de chismes e inventos. Lo que si se puede hacer es el esfuerzo conciente por no propagar o reenviar cualquier “noticia” que no tenga una fuente acreditada y confiable. A los periodistas venales hay que negarles el derecho de difundir sus ocurrencias. Someterlos a un control social efectivo. No seguirlos en Twitter o Facebook. Ni siquiera criticarlos porque de eso viven, y la controversia propaga la difusión.

Ejemplos abundan. No necesito nombrar a nadie. Tienen la ventaja de que no tienen costos fijos, ni cargan con la inversión de una casa editorial cimentada en la historia. Mi exhortación está basada en que realmente estamos auto-destruyendo a la sociedad, tratando de generar paranoias colectivas. Eso no puede ser bueno.

Estamos ante una nueva variante de la tragedia de los comunes, en la que el bien público gratuito se sobre explota hasta que se agota. Ha sucedido con el sobrepastoreo de ganado y con la pesca. El resultado típico es la pérdida del recurso. Sin quien regule, el que pega primero pega dos veces. El más vivo se aprovecha de los demás.

Hoy, se abusa del derecho, y aunque no se extingue el acceso a internet, es tanta la contaminación noticiosa que el recurso termina inservible. Si internet es una supercarretera de información, entonces yo prefiero una sin semáforos y sin policías, pero para eso se requiere un poco de auto-control y auto-censura. Hasta los aviones necesitan algo de coordinación en las alturas de vuelo para no chocar entre ellos.

Es una actitud muy negativa en la que los falseadores irresponsables prefieren decir, si es para mí, que mejor no haya para nadie más.

Del lado de los receptores está la otra mitad del problema. Es demasiado caso el que se hace a cosas que realmente son triviales o inmateriales. La verdad es que si queremos preservar el internet hay que aprender a decir “¡no!”, o simplemente, como dicen “cambiarle de canal”.

El poder de decir “¡no!” debe imponerse. Tampoco te doy like, y de hecho mejor ni te sigo. Un sector conservador importante de los Estados Unidos se ha divorciado de Twitter y se ha sumado a las filas de Parler, otra aplicación que no aplica censura y menos de corte político.

Basta aquilatar la nula existencia de reglas de debate en esas páginas multiconcurridas para darse cuenta de que estamos desperdiciando un recurso muy valioso y haciendo perder el tiempo mucha gente.

Ayer en un noticiero nacional difundieron el discurso de una persona, por lo visto muy ignorante, diciendo que el COVID-19 era un plan de los ricos para matar a los pobres mayores de sesenta años. No critico a esa persona, sino al canal que difunde algo que carece de cualquier elemento de credibilidad.

Si lo que es de todos no lo cuidamos, no deberá extrañarnos que los gobiernos entren a reglamentar, y así todos saldremos perdiendo, como en la tragedia de los comunes.

Javier Livas

Columna: Libertad y Justicia