¿Por qué será que las tragedias casi siempre tienen un ángulo positivo, dejan algún aprendizaje, propician alguna reacción noble? ¿Por qué será que en la bonanza y el crecimiento, prevalece el egoísmo y los seres humanos nos dividimos y nos hacemos daño?

México vivió una grave crisis que se profundizó aun mas el 19 de septiembre de 1985. La ineptitud gubernamental frente al sismo que golpeó duramente el centro del País y la crisis económica por la que se atravesaba, aceleraron la caída del régimen autoritario y abrieron una puerta a la democratización del País.

La sociedad civil se agrupó y se organizó como nunca antes para plantarle cara a la tragedia. La solidaridad superó lo que parecía un derrumbe inevitable. La oposición partidaria creció a pasos agigantados. El resultado se fue construyendo: mayores controles al Gobierno, la pluralidad en el Poder Legislativo en 1997, la independencia del Poder Judicial y, por fin, la caída del PRI de la Presidencia de la República en el 2000.

Desde 1997 se sentía la recuperación económica, que arrancó un vals armonioso con el proceso democratizador. Los elevados precios del petróleo vinieron a dar el último empujón. Diez años de riqueza y democracia que sirvieron para pagar muchas deudas y canalizar recursos nunca antes vistos a los Estados y Municipios. ¿Y qué pasó entonces?

Lo que debió ser puerta de entrada al primer mundo, se convirtió en nuestro boleto a la regresión. Como sucede en muchas familias, los excesos y el dinero nos dividieron, nos enfrentaron, nos hicieron sentir las mieles del poder, unos y otros. Esa extraña soberbia que surge de lo más profundo de la condición humana en épocas de bonanza. Cuando no es necesario rezar, cuando reflexionar es un estorbo, cuando los consejos no sirven, porque creemos saberlo todo.

Vino la inevitable caída. Una inseguridad antes desconocida, la cloaca de la corrupción abierta de par en par, el estancamiento económico, las deudas estatales, el crecimiento de la pobreza y la carga hipotecaria a las generaciones venideras. Todo ello coronado por la consolidación autoritaria en los estados y el regreso de todo lo peor del PRI (viejo y nuevo) a la Presidencia de la República.

La corrupción es cultural, llegó a decir el Presidente de México. Es también consecuencia del mundo en el que vivimos. “El gran riesgo del mundo actual, con su múltiple y abrumadora oferta de consumo, es una tristeza individualista que brota del corazón cómodo y avaro, de la búsqueda enfermiza de placeres superficiales, de la conciencia aislada. Cuando la vida interior se clausura en los propios intereses, ya no hay espacio para los demás, ya no entran los pobres, ya no se escucha la voz de Dios, ya no se goza la dulce alegría de su amor, ya no palpita el entusiasmo por hacer el bien.” (Papa Francisco, Evangelii Gaudium No. 2).

Mientras esto sucede, vemos una valerosa sociedad civil que se organiza, que trata día a día de darle la batalla a ese dinosaurio de mil cabezas que tiene harta capacidad para corromper todo lo que encuentra en su camino. Esa sociedad civil vuelve a sacar la casta. Treinta y dos años después de aquel sismo, México está otra vez de luto y es en ese luto, donde tocamos fondo con nuestro ser más generoso. Más de cuatrocientos mexicanos han muerto, ciento cuarenta mil inmuebles están dañados, cincuenta mil con pérdida total, en los dos sismos de septiembre de 2017, en Tabasco, Chiapas, Oaxaca, Puebla, Morelos, Estado de México y Ciudad de México.

Tragedia lamentable que, desde la profundidad del lamento, nos une, nos hermana y nos engrandece como sociedad. Bastó una semana para poner un “estate quieto” a los políticos, para exigir fin al derroche de los partidos, para demandar honestidad en el manejo de la tragedia. Los ojos de ese México, del México que estaba dormido, están más despiertos que nunca. Tal parece que es el inicio de otro amanecer. En 1985 era el PRI, el sistema autoritario, en 2017 nos damos cuenta que el sistema es la corrupción, de ella se nutre y toma fuerza. Esperemos que este despertar permanezca y se fortalezca, y que cuando regrese la bonanza, podamos aprender de los errores cometidos. Soy un optimista empedernido.


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