Las ventanas fueron objeto de impuestos en el pasado, pues mientras más ventanas tuviera una propiedad, se infería que mayor poder adquisitivo gozaban sus dueños. Eso, en el siglo XVII, en Inglaterra, llevó a muchos propietarios acaudalados a sellarlas con ladrillos para evitarlos. El gravamen se canceló cuando se hizo evidente que la falta de ventilación ocasionaba problemas de salud.

El impuesto establecido a las ventanas también tuvo su historia en nuestro país, bajo la presidencia de Antonio López de Santa Anna, quien asimismo gravó además de a las ventanas, a las puertas y hasta a los perros.

Al impuesto se le conoció como “contribución de luces exteriores”, ya que el tener ventanas permitía tener derecho a la luz del sol y a la de los faroles que ingresaban a las casas, como bien lo consigna el historiador del Colegio de México Héctor Strobel del Moral en un espléndido artículo publicado en Secuencia, revista de Historia y Ciencias Sociales, del Instituto Mora y CONACYT.

Duró poco, pues su implementación causó no pocos desvelos a la administración del presidente, y por otro lado escasos a su vez fueron quienes acataron la disposición, obteniendo exenciones frente a una obligatoriedad que no tenía ni pies ni cabeza.

Las ventanas, tan preciadas para unos como para otros, para quienes buscan con ellas en efecto disfrutar de la luz de sol y la vida en la calle, y para quienes en un momento dado le vieron el ángulo para aprovecharlas de manera económica, hoy por hoy se han convertido en protagonistas de los hogares.

En un momento como el actual, las ventanas han cobrado una importancia singular. Se han convertido en la posibilidad de presentarnos en ellas para infundir de ánimos, para aplaudir, para cantarle a un grupo de personas que apenas hasta hace unos pocos meses se les veía con indiferencia.

Las ventanas se convirtieron en un objeto preciado para muchos, un importante medio de comunicación. A través de ellas, el ansia de libertad que de pronto se vio necesariamente omitida, en consecución de un bien común, el de la salud. Pero son las ventanas las que abrieron esa posibilidad. Conmueve cómo, desde ellas, desde los balcones, los españoles primero, lanzaron un canto de unidad y emocionaron con el que ahora es uno de los himnos de esta emergencia sanitaria mundial.

Los muchos videos que ilustran la canción de “Volveremos a encontrarnos”, del grupo La Oreja de Van Gogh,  presentan a la gente ante sus ventanas, lanzando al aire sus notas en comunión, en solidaridad, en una necesidad que ahora, entendemos, resulta vital: la necesidad de estar de nuevo juntos.

A través de las ventanas, también los seres queridos. De por medio un cristal, de por medio el balcón, a lo lejos, a la distancia, pero con los ojos puestos en las más amadas personas. Gracias a las ventanas, a esa posibilidad de estar conectados entre todos, que podemos presentir un cambio, para bien, en el ánimo humano.

Copio aquí unas líneas del poeta uruguayo Mario Benedetti, que contándonos de su ventana  nos confieren esperanza: “De vez en cuando la alegría / tira piedritas contra mi ventana / quiere avisarme que está ahí esperando…”

Norah Lange, escritora argentina, cantaba estas líneas: “La noche entró por la ventana. / Mi alcoba está suave de luna. / Los rincones se nutren de sueño”.

Por la ventana, podríamos agregar, también entra la luz de la ilusión, la de la libertad prometida. Y mientras la luna suave entre en ella y los rincones se nutran de sueño, al decir de la poeta, seguirá flotando el vibrante canto de la esperanza, que ahí, como en el poema de Benedetti, también está aguardando.