A esta mujer muchos la conocen.

Es ella. ¿Cómo pudo entrar aquí? ¿Quién la dejó pasar? Se sabe la vida que lleva. El más asombrado es Simón, el anfitrión. Ha invitado al Galileo al convivio. Ha oído hablar de los prodigios atribuidos a Jesús al sanar enfermos, dar vista a ciegos, hacer andar a paralíticos. Imagina que se ha equivocado. Cómo un profeta como él puede permitir que se le acerque una mujer como esta.

Ella toma en su mano el frasco de alabastro. Lo golpea en el piso hasta quebrarlo. Todos los invitados aspiran la fragancia de nardo finísima. La deja caer sobre los pies del visitante. Se escuchan los suspiros de su llanto. Sus lágrimas se derraman también. Está enjugando los pies con sus largos cabellos. Es un acto de humildad, de arrepentimiento, de obsequiosidad espléndida.

Simón está a punto de levantar la voz para interrumpir esa escena escandalosa. Pero es el profeta invitado, con los pies ungidos, quien le señala a la mujer –que el fariseo considera intrusa– y le recuerda que, al llegar él a su casa, no había recibido el beso de paz ni había recibido en sus manos la ablución de bienvenida. En contraste, la mujer ha besado y ungido sus pies con perfume y lágrimas. La presenta como perdonada por haber amado mucho.

Fue ayer el día del santo de todas las mujeres que llevan el nombre de Magdalena. Hubo fiestas y felicitaciones abundantes en nuestra ciudad. Históricamente esta mujer de Magdala vive este día su conversión y empieza el seguimiento con su nueva vida. Este galileo se convierte para ella en su maestro. Persevera ella en un largo discipulado. Vive en Betania con su hermano Lázaro y su hermana Martha. Aprende un día, sentada en el suelo frente al Maestro, que “una sola cosa es necesaria”, aprende que al escucharlo escoge la mejor parte que nadie puede quitarle.

Después de la conversión y el discipulado esta mujer magdalena es testigo, junto con Martha su hermana, de la vuelta a la vida de su hermano Lázaro, ya sepultado de varios días. Jesús lo llama por su nombre y ven todos, con asombro, que el muerto recobra la vida.

Crece su amor a Jesús de Nazaret, su maestro. Y se va abriendo el camino hacia la tercera etapa de su vida: su misión. Porque se entera de que han apresado al Maestro y que lo han condenado a ser crucificado. Junto con Juan, el más joven de los discípulos, y María, la madre del maestro, está firme y fiel al pie de la cruz. Después de que Jesús entrega su vida y es sepultado, al tercer día la mujer de Magdala –convertida y discípula– ve la piedra del sepulcro removida. No está el cuerpo. Oye que alguien le pregunta la razón de su llanto. Es Jesús resucitado, que ella confunde con el jardinero a causa de sus lágrimas. Pero escucha su nombre y exclama con gran asombro: “¡rabbuní”, diminutivo hebreo que significa maestro. Ahí mismo recibe su misión: ir a anunciar la resurrección y a decir a los discípulos que se reúnan en Galilea, donde fueron llamados y todo empezó.

Tres etapas: cambio, iluminación y misión son, aquí y ahora, etapas de vida humana personal y nacional...