Se sentirá contento el nuevo obispo de Saltillo, don Hilario González García, al saber que causó una magnífica impresión en la grey católica a su llegada a la sede episcopal. Humilde, simpático, amable, prudente, bondadoso; tales fueron algunos de los adjetivos que oí ayer aplicados al recién llegado dignatario. Un talentoso feligrés a quien conozco hizo una expresiva comparación entre el obispo entrante y el saliente. Dijo: “Son el Polo Norte y el Polo Sur”.

La actuación del obispo Vera al frente de la diócesis fue, por decir lo menos, muy polémica. El fraile dominico tiene enconados detractores lo mismo que vehementes partidarios. Unos lo llaman profeta; otros lo califican de exhibicionista. Desde el día mismo de su consagración dio motivos para el debate. Hizo de su toma de posesión un show mediático al traer consigo un grupo de indígenas chiapanecos de diversas etnias, que en sus respectivas lenguas hicieron el encomio del obispo, quien al final del espectáculo dijo que había dejado su corazón en Chiapas. Yo escribí entonces, lo recuerdo, que había que dar al teatro lo que es del teatro y a Dios lo que es de Dios, y me pregunté si tendríamos aquí un obispo descorazonado.

Bien pronto mostró don Raúl un marcado talante protagónico que lo llevaba a buscar micrófonos y cámaras donde los hubiera. Viajero yo constante por razón de mis conferencias, solía encontrarlo con frecuencia en los aviones, casi siempre él en primera clase. Alguna vez el señor Vera fue objeto de escándalo cuando profusamente circuló en las redes una fotografía en la cual se veía al pastor de la grey católica en una fiesta de disfraces, vestido de doctor, con su asistente Jacqueline Campbell como su enfermera.

Las continuas ausencias del obispo originadas por su permanente búsqueda de reflectores fueron causa quizá de que no pusiera en su diócesis toda la atención que su misión trascendente requería. Jesús Peña, gran reportero de Vanguardia, recogió opiniones según las cuales don Hilario llega a regir “una Iglesia dividida, abandonada espiritualmente, resentida y sin brújula”. No fue ésa la herencia que el señor Vera recibió de su antecesor.

Diré ahora algo que me cuesta trabajo decir, pero que en conciencia no puedo callar. Pienso que don Raúl no debe quedarse en Saltillo. Desde luego carezco de toda autoridad para juzgar quién debe vivir aquí y quién no, pero creo que si el obispo saliente se queda en la ciudad será una piedra en el zapato del nuevo pastor, un estorbo en su tarea. Difícilmente podrá Vera contener sus ansias protagónicas. No es posible esperar de él la prudencia con que se condujo el señor Villalobos en relación con quien lo sucedió. Lo mejor para la Iglesia, y para don Raúl mismo, sería que fijara su residencia en otra parte, quizá en Chiapas, donde volvería a encontrar su corazón. Me pesa dar salida a una opinión tan terminante, pero la creo fundada y la declaro con sinceridad y buena fe, mirando al bien de la Iglesia a la que –sin merecerlo– pertenezco. También los laicos tenemos nuestro sermón.

El señor Villalobos, jalisciense de origen, saltillense por amor, cumple 100 años de edad. Goza del respeto y cariño de la feligresía católica. Cuando llegue a viejo don Francisco seguirá disfrutando de ese mismo aprecio, de esa misma consideración.