En tres años completos de gobierno tortuoso, Donald Trump había demostrado tener una virtud. A diferencia de otros presidentes de Estados Unidos, se había resistido a la tentación militarista típica del país que gobierna. A pesar de estar rodeado de halcones que con toda seguridad le recomendaron, por ejemplo, atacar directamente a Irán, Trump había demostrado una cautela loable. Él, que parecía el candidato ideal para jalar del gatillo a la primera provocación, había optado por otros fines de presión antes que la agresión militar.

Esa virtud se acabó en las primeras horas del 2020 cuando Trump ordenó el asesinato de Qasem Soleimani, el principal estratega militar iraní y una figura de importantísimo rango en la jerarquía del poder en ese país. Es difícil exagerar las posibles repercusiones de la decisión de Trump. Matar a Soleimani implicaba tal riesgo que ni George W. Bush ni Barack Obama —el primero, sobre todo, ninguna paloma a la hora de dar órdenes de guerra— evitaron tomarla incluso cuando lo tuvieron en la mira. La razón es simple. Como explicó en su momento el gran reportero del New Yorker, Dexter Filkins (en un reportaje cuya lectura recomiendo ampliamente), Soleimani no era sólo un militar destacado dentro de Irán. Era, en muchos sentidos, una figura reverenciada por su astucia y osadía además de ostentar una posición de privilegio en la estructura del régimen iraní. Matarlo implicaba un desafío directo al gobierno de Irán y abría la puerta a un conflicto mayúsculo.

Esto no quiere decir que fuera un tipo digno de respeto. En lo absoluto. Como explica el propio Filkins, Soleimani fue responsable de cientos o quizá miles de muertos en el afán de consolidar el poder regional iraní. Era un criminal de guerra, capaz de una crueldad sistemática e inclemente. Aún así, aunque eso sea verdad, la pregunta pertinente es por qué Trump optó por asesinar a una figura del calibre de Soleimani justo en este momento, con todos los riesgos que la decisión implica. ¿Lo hizo para proteger los intereses de Estados Unidos y sus aliados en la zona ante lo que, de acuerdo con el secretario de Estado Mike Pompeo, era una amenaza inminente? ¿O lo hizo por otras razones, relacionadas, con cálculos, digamos, enteramente domésticos?

En las últimas horas, el gobierno de Estados Unidos ha insistido, como era predecible, que la decisión extraordinaria de asesinar a Soleimani se debió enteramente a la urgencia ante planes en desarrollo que afectarían intereses estadounidenses en aquella zona del mundo. No es imposible que así haya sido, pero la falta de evidencia al respecto y, peor todavía, el carácter absolutamente unilateral de una decisión que, evidentemente, podría tener repercusiones a corto y mediano plazo en el mundo entero, abren una posibilidad alarmante: Trump atacó directamente al régimen iraní justo ahora para provocar una reacción que lo fortalezca en los once meses que quedan rumbo a la elección presidencial.

La posibilidad podrá parecer perversa, pero no le faltan precedentes. El equipo de Trump debe saber que, con una economía saludable, el único pasivo que enfrenta el presidente en su camino rumbo a la elección es su propia impopularidad. Una guerra, por más injustificable que sea, podría significarle a Trump los puntos de aprobación necesarios como para asegurarle un triunfo en noviembre.

En la historia hay varios ejemplos, el más reciente lo que sucedió después del 11 de septiembre con George W. Bush. Hasta antes de los ataques contra Nueva York y Washington, los índices de aprobación de Bush eran tan mediocres que la mayoría de los analistas le vaticinaban una derrota en las elecciones legislativas del año siguiente e incluso en las presidenciales del 2004. Después de los atentados, con el país atravesando un trauma inédito en su historia, la popularidad del presidente repuntó hasta más de 80 por ciento, sin importar su impericia o incapacidad para tomar decisiones con templanza o sabiduría. Bush permaneció en ese índice de aprobación hasta bien entrado el 2003 y el impulso le bastó para ganar la reelección en 2004. No es ninguna exageración suponer que, sin los ataques del 11 de septiembre y las dos guerras siguientes, Bush habría sido un presidente de un cuatrienio y nada más. La guerra y su peso incomparable sobre la conciencia del país terminó siendo un andamiaje sobre el que Bush construyó ocho años de largo y costoso gobierno, en lo económico y lo moral.

¿Será ese el cálculo de Trump ahora? Al menos en parte, es muy probable. Trump nunca ha demostrado interés en cálculo geopolítico alguno. Tiene la sofisticación diplomática de un troglodita. Lo que sí tiene de sobra, en cambio, es ambición. Lo suyo es la caza y no está dispuesto a perder el año que viene, cueste lo que cueste. Por lo pronto, por la razón que sea, el presidente de Estados Unidos ha decidido dar un paso que, en muchos sentidos, podría alterar el equilibrio de poder en la región más combustible del mundo de maneras impredecibles y graves. Nos espera un año muy difícil.