Donald Trump decidió, durante un mitin en Arizona, volver a la carga contra México y revivir su “vieja confiable” del muro fronterizo

Tras el reciente encuentro entre los presidentes de México, Andrés Manuel López Obrador, y Estados Unidos, Donald Trump, en Washington, durante el cual todo fue miel sobre hojuelas, no pocas voces advirtieron que habría que esperar para ver si el “amor eterno” que ambos se juraron durante las pocas horas que estuvieron juntos, duraba al menos unos meses.

El escepticismo en el señalamiento, es importante puntualizarlo, se inspira en el carácter impredecible del principal inquilino de la Casa Blanca, quien ha sido, a no dudarlo, el mandatario estadounidense que más ha insultado y ofendido a nuestro país en la historia moderna.

Además, urgido como está de sostener su tambaleante campaña por la reelección, nadie podría confiar en que Trump dejaría en paz a nuestro país, simple y sencillamente porque el neoyorquino hará lo que haga falta para retener el poder otros cuatro años.

Ayer quedó claro que los escépticos tenían razón: Donald Trump decidió, durante un mitin en Arizona, volver a la carga contra México y revivir su “vieja confiable” del muro fronterizo y su promesa de que nuestro país “pagará” el costo del mismo.

No dejó de señalar que su administración tiene “una magnífica relación” con México, pero eso no le impidió revivir su ofrecimiento de construir una valla “imposible de franquear” entre ambas naciones. Nada nuevo, por lo demás: si por algo se caracterizan los políticos -y Trump es un alumno aventajado en este apartado- es por adaptar el discurso a las circunstancias del momento, incluso si ello implica contradecirse.

El problema, sin embargo, no es él, sino nosotros. Porque mientras a otros gobiernos, o a la Iglesia católica, se le exige que pida perdón por “las ofensas” perpetradas en contra de la nación mexicana hace siglos -cuando México, formalmente, ni siquiera existía- a Trump se le perdonan las ofensas del presente, las que perpetra todos los días.

Para el gobierno de Andrés Manuel López Obrador parece absolutamente indispensable que las atrocidades -que, en efecto tuvieron lugar- durante los tres siglos de la conquista, sean “lavadas” por los gobernantes españoles de hoy. Y en ánimo de no alimentar polémicas estériles, todo mundo podría coincidir con él y sumarse a la exigencia realizada.

Pero cabría esperar que el discurso tuviera un mínimo de coherencia, pues los gobernantes españoles de hoy ciertamente no nos han ofendido ni agraviado, mientras que el Presidente de los Estados Unidos sí lo ha hecho, razón por la cual cabría esperar un reclamo aún más airado en su contra, porque se trata de actos perpetrados en contra de los mexicanos de hoy, no de individuos cuyos despojos incluso han desaparecido ya por efecto del tiempo.

Lejos de esta posibilidad, hasta el cierre de esta edición nadie en la administración federal había realizado pronunciamiento alguno en torno a la más reciente embestida de Donald Trump y, por lo que puede preverse, no se molestará al magnate estadounidense ni con el pétalo de una nota diplomática.