La democracia representativa de EU no es la mejor del mundo, aun así haya quienes se empeñen en mostrarla como tal. En las elecciones presidenciales se anula a millones de electores porque no gana quien obtiene la mayoría de votos, sino quien obtiene el número de votos asignados a los Estados por proporción de población.

En las campañas electorales, millones de dólares van y vienen y no hay un esquema de verificación de origen y aplicación de esos apoyos que provienen  sobre todo de poderosos emporios, empresas de comunicación y de la oligarquía financiera, así éstos influyen en las decisiones más importantes tanto del poder legislativo como del ejecutivo.

Barack Obama es ejemplo, porque es electo Presidente en plena crisis económica en 2009, como el primer afroamericano para decidir en la Casa Blanca, estrategia para “refrescar” la representatividad electoral, generar “esperanza” y atenuar las protestas contra el capital financiero y sus secuaces, lo que realmente ha dado pocos resultados en reducir la desocupación de alrededor de 5 por ciento, en mitigar la pobreza de 45 millones de personas y en acotar la influencia del poder económico.

En el gobierno de Obama es se han deportado más de 2.5 millones de migrantes ilegales y no se logró el acuerdo migratorio.
Hasta julio pasado, Hillary Clinton había recibió 350 millones de dólares en donaciones, mientras que Trump acumulaba cerca de 100 millones, lo cual indica que las decisiones de gobierno están acotadas a los intereses económicos.

Sorpresivamente la campaña demócrata interna del socialista, Bernard Sanders, tuvo una gran aceptación no tan sólo en el Partido sino en la sociedad estadounidense, de ahí la urgente estrategia oligárquica para apoyar a Clinton, para detener la exigencia de  democracia participativa y de procesos electorales transparentes, equitativos y justos. De haber voluntad política de cambio, Sanders sería el próximo Vicepresidente de los Estados Unidos.

Además, si Trump ganara las elecciones de noviembre, el escenario se complicaría para el poder económico, por las amplias protestas que esto generaría en la Unión Americana. Por eso es claro que la conveniencia política es la supuesta “esperanza” en una mujer decidiendo en el Despacho Oval. 

Defensora de intereses imperiales, como Secretaria de Estado (2009-2013), la candidata demócrata intervino en los golpes de Estado contra Manuel Zelaya  en Honduras (2010) y Fernando Lugo en Paraguay (2012), además apoyó el resurgimiento de la derecha corrupta y el poder económico en Brasil, Venezuela y Argentina.  

Respecto a México y Latinoamérica, las posiciones de demócratas y republicanos son similares: posesión y explotación de recursos naturales estratégicos, desregulación económica, movilidad del capital financiero especulativo, educación  acrítica e irreflexiva en todos los niveles, control sindical y leyes laborales para la reducción salarial, de ahí los gobiernos de derecha colaboracionistas y sumisos. Desde el gobierno Clinton intervino en la privatización del petróleo mexicano y el proyecto en curso para desaparecer a Pemex.

Las prioridades internas en que coinciden los dos Partidos Políticos son reactivar la economía, empleo formal y seguridad nacional que incluye contener la migración, pero también reposicionar al imperio ante la cada vez más importante influencia de China y Rusia en el mundo, sobre todo en medio oriente y Asia occidental con importantes reservas petroleras. Aparte de la intolerancia divergente entre éstos, las diferencias sólo son de forma: la estridencia y la histeria de la derecha radical.

Previsiblemente Hillary Clinton será la primera mujer Presidente de EU, imperio en decadencia pero aun con peso específico. Por eso fue políticamente imprudente recibir a Donald Trump en Los Pinos (el 31 de agosto ¡casi como ‘jefe de Estado’!). 

En el fondo la agenda principal del Ejecutivo fue sostener y ampliar el TLC y la continuidad de la reforma energética. 

Pero ¿de quiénes surgió la idea del encuentro?