Hace mucho tiempo conocemos los rasgos fundamentales del carácter del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y por ello no podemos asombrarnos ya de las expresiones que utiliza para autocelebrarse y colocarse en el centro del acontecer universal.

Hace mucho tiempo conocemos los rasgos fundamentales del carácter del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, y por ello no podemos asombrarnos ya de las expresiones que utiliza para autocelebrarse y colocarse en el centro del acontecer universal.

Pero una cosa es entender el carácter del neoyorkino y asumir que no tiene –y probablemente nunca tendrá– un “comportamiento presidencial” y otra muy distinta que sus señalamientos y manifestaciones pasen inadvertidos o se consideren un simple dato anecdótico.

El comentario viene a propósito de la forma en la cual se refirió ayer a nuestro País al caracterizar lo que está ocurriendo en la frontera común con México y con la reducción del flujo migratorio ilegal que llega desde territorio nacional hacia Estados Unidos.

“Estoy usando a México para proteger nuestra frontera porque los demócratas no cambian las políticas de asilo”, dijo textualmente el principal inquilino de la Casa Blanca, apenas unas horas después de que, desde la tribuna de Naciones Unidas, se había referido exactamente al mismo hecho en términos de cooperación internacional.

Las palabras que usó ayer forman parte de la verdadera personalidad de Trump: un individuo carente de los mínimos elementos de educación diplomática, que no tiene empacho alguno en insultarnos nuevamente, tal y como lo ha hecho en múltiples ocasiones desde que arrancó su campaña en busca del poder.

No hay forma de interpretar lo dicho por el mandatario estadounidense más que como lo que es: el señalamiento de que México está ejecutando las políticas que él –no su País, sino él– requiere y para las cuales no encuentra respaldo entre sus propios compatriotas.

Se trata de un insulto a México proferido en los peores términos. Un insulto que merecería respuesta inmediata y contundente por parte del Gobierno de la República.

Difícilmente puede encontrarse, al menos en la historia reciente del País, un episodio en el cual un mandatario estadounidense haya utilizado un lenguaje como éste para dirigirse a nuestro País y para caracterizar las acciones de la administración pública federal como actos de servidumbre.

Quienes hoy ostentan el poder han acusado largamente a los gobiernos de otros partidos de ser “entreguistas” y de actuar conforme a reglas dictadas desde Washington. Nunca antes, sin embargo, se había registrado un reconocimiento explícito de que las autoridades mexicanas estuvieran actuando en determinado rubro porque así “se los han ordenado” o porque “estén siendo usadas” a capricho de un gobierno extranjero.

Proteger y revitalizar la soberanía nacional, ha dicho el presidente López Obrador, es uno de los objetivos de su gobierno. Aquí está una magnífica oportunidad para que tal objetivo no sea solamente una bonita frase de discurso, pero vacía de contenido en la realidad.

Es de esperarse que la aproveche.