Ayer se firmó en Palacio Nacional un acuerdo que nació muerto. El Presidente y todos los gobernadores firmaron un breve texto en el que se comprometen a no interferir en el proceso electoral y vigilar que los recursos públicos no se utilicen para los partidos y candidatos que compiten en los comicios del primer domingo de junio. Se llamó Acuerdo Nacional por la Democracia.

México es un país en el que siempre se han tenido que hacer acuerdos políticos con bombo y platillo
 para cumplir la ley. Eso de no interferir en las elecciones y no usar recursos públicos a favor de un partido es sencillamente lo que ordena la Constitución.
Ese Acuerdo no va a aguantar dos “mañaneras” sin ser violado. Primero, por el Presidente de México, que no se puede contener. Él vive en modo campaña. El motor de su popularidad, el impulso de su movimiento, no se centra en las estrategias de gobierno, mucho menos en los resultados: se basa constantemente en surtir al público de frases y emociones de campaña política: los adversarios, los enemigos, los rivales, los otros. Si se prohibiera la agresión a otros partidos y gobiernos, las conferencias matutinas terminarían en quince minutos. 

¿Cómo firmar un acuerdo de no entrometerse en la elección cuando está echada una estructura de Morena para intentar vacunar a millones de mexicanos? ¿Cómo, si se publican más y más videos de los funcionarios públicos de López Obrador ejecutando la vacunación como herramienta de promoción electoral?

Pero no es sólo el Presidente. El Acuerdo nace muerto porque los gobernadores tampoco lo van a respetar. Todos se meten en las elecciones. La mitad porque quieren dejar sucesor, cubrirse así las espaldas. La otra mitad, porque les interesa tener mayoría en sus Congresos, donde se aprueban los presupuestos y se revisan las cuentas públicas. Son varios gobernadores que ven la elección de 2021 como un “matar o morir”: saben que si no ganan, su destino muy probablemente será la prisión. ¿No van a interferir?
En síntesis, lo que ayer presenciamos en Palacio Nacional fue una danza hipócrita entre políticos de distintos rangos y distintos partidos que decidieron firmar un compromiso al que no se comprometen, un acuerdo en el que no están de acuerdo, una promesa que nació muerta. Una danza hipócrita, eso fue. 

SACIAMORBOS

Es carísima la renovación de las licencias de uso de algunas de las herramientas tecnológicas de inteligencia más sofisticadas con las que contaba México para interceptar comunicaciones e idealmente, perseguir delincuentes. En un mundo en que los gobiernos confían cada vez más en la tecnología como ventaja sobre las organizaciones criminales, corre la versión de que la administración López Obrador no renovó las millonarias licencias. Al cabo que para dar abrazos no hacen falta.

Carlos Loret de Mola A.