Quienes pasaron en aquellos tiempos -tan diferentes de éstos- por la entonces Escuela Superior de Agricultura “Antonio Narro” evocan con afecto al profesor Bernardo Ramos y Salas.

Los estudiantes, que a todos sus maestros -aun a los más respetados y queridos- ponen mote, le decían a don Bernardo “La Garlica”, nombre al parecer de una ave que canta mucho y con sonoro canto. Yo busqué esa palabra, “garlica”, tanto en el Diccionario de Mejicanismos de Santamaría como en el General de Americanismos que ese mismo erudito señor hizo, y en ninguno de los dos hallé el término. Seguramente se lo aplicó al profesor Ramos y Salas algún estudiante foráneo que trajo de su país nativo ese regionalismo.

En efecto, el profesor Ramos y Salas tenía a orgullo hablar con elocuencia y propiedad. Cuando murió un estudiante de la Narro, un compañero suyo le dijo a don Bernardo en el panteón:

-Se nos murió Fulano, maestro.

-No se nos murió -lo corrigió el profesor Ramos y Salas-. Fue a ocupar su sitio en el cóncavo zafir del Universo, donde no mudará ya jamás de residencia.

Las palabras favoritas de don Bernardo eran “palurdo” y “jovencito”. Usaba esos vocablos con gran frecuencia y profusión.

-Abróchese el cuello de la camisa, jovencito. No sea usted palurdo. ¿Qué van a pensar los extranjeros?

Los extranjeros eran los estudiantes venidos de otros países, los cuales vestían con más descuido aún que el jovencito palurdo nacional.

Fue don Bernardo autor de unos “Breves Apuntes de Introducción a la Meteorología”, los cuales formaban un colosal volumen de mucho ídem; un enorme tomo cuya sola vista imponía respeto.

Sentía un gran amor por la naturaleza el profesor Ramos y Salas. En cierta ocasión sorprendió a un muchacho que arrojaba un palo a las ramas de un nogal para hacer caer las nueces. A su vez él le aventó un palo al muchacho, y le acertó con él en las espaldas.

-¿Qué se siente, eh? ¿Qué se siente? ¡Lo mismo siente el árbol, jovencito!

Maestro de matemáticas, el profesor Ramos y Salas aplicaba esa abstrusa ciencia en la vida cotidiana. Tenía coche, un Buick 46 de aquellos con forma de huevo. Cuando los estudiantes le pedían aventón él aceptaba llevar sólo a dos, y los hacía ir en el asiento de atrás, sentados exactamente en determinado punto.

-Si no, -explicaba- sufre el neumático.

Solamente una vez halló el profesor Ramos y Salas quien lo corrigiera en su modo de hablar, tan culterano. Sucedió que un muchacho de Saltillo iba a toda velocidad en su automóvil -un Mustang, rojo, flamantísimo, del año- por la estrecha carretera que conducía a la Narro. En dirección opuesta, y manejando con toda precaución, venía don Bernardo en su famoso Buick 46. El tal muchacho perdió en una curva el control de su vehículo y fue a chocar de frente contra el coche del profesor Ramos y Salas. El Mustang quedó hecho chatarra con el encontronazo; el recio Buick del profesor sufrió una imperceptible abolladura en la defensa. No hubo, por fortuna, daño en la integridad de las personas.

Llegó un agente de tránsito y después de pedir sus datos a los accidentados preguntó:

-¿Quién tuvo la culpa?

-¡La tuvo él, él, él! -prorrumpió don Bernardo al tiempo que señalaba con el índice de ambas manos al imprudente joven-. ¡Venía como un bólido!

-¡Y dice que es maestro! –exclamó con sorna el polizonte-. No se dice “bólido”, señor. Se dice “volido”. “Venía como un volido”.

¡Qué grato es recordar a maestros tan buenos, tan generosos y tan sabios como el profesor Ramos y Salas!