La irracionalidad humana tiene efectos devastadores, en todas las épocas se da cuenta de sus estragos, la Historia los consigna. Pero en política se convierte en hecatombe. Las pasiones políticas cuando son insanas provocan mucho daño. Para Heródoto, “la historia es una sucesión de venganzas”. A lo largo de su paso por la tierra, la humanidad ha temblado ante tres grandes miedos: el hambre, la guerra y la peste. El resentimiento, verbi gratia, ha tenido un papel determinante en las guerras del siglo 20, o ¿cómo entender el baño de sangre y muerte desencadenado en el País que era el más avanzado, científica y culturalmente de su tiempo, por el odio que Adolfo Hitler tenía a los judíos? o ¿cómo explicar lo sucedido en los diferentes países de la Europa oriental, regidos por una ideología política pretendidamente altruista, la más altruista de la época, el comunismo? Hoy día, el que permanece vivo es el resentimiento islámico o el que sigue respirando en la discriminación por etnia o por género.

Un comportamiento irracional para ser calificado como tal debe de cumplir en stricto sensu ciertas condiciones: tiene que saberse que es perjudicial, que hay una alternativa a la mano y mejor y, si se trata de irracionalidad política, debe de ser mantenida no por un individuo aislado, sino por un grupo. La persona irracional (¡ojo!) no es un demente, no tiene ninguna disfunción cognitiva, sólo en ciertos momentos y sobre ciertos asuntos pierde su racionalidad. El político irracional lo es en temas políticos… ¡Qué horror! El fracaso de la inteligencia se denomina irracionalidad, que según los especialistas puede depender de factores cognitivos o emocionales. Los principales fracasos cognitivos son el fanatismo, los prejuicios y el dogmatismo. Y su característica sustantiva es que se blindan contra las evidencias, aunque se las restrieguen en la cara o contra los argumentos adversos –los otros datos–… ¿le suena? La única información que aceptan como buena es la que confirma su prejuicio, todo lo demás no es válido, no sirve. Por ejemplo, la diatriba cotidiana del presidente de la República, todos los males que azotan a México “se deben al neoliberalismo”. El fanatismo, la obcecación y la intolerancia lo dominan, entonces ya no distingue entre lo que es y lo que él piensa que es. Su pasión por el poder lo tiene enceguecido. Es el mal de los dictadores, es el veneno que convierte a simples mortales en individuos despreciables y dañinos para sus pueblos.

Fomentar la hostilidad entre nacionales como medio para arraigar su propio poder o el de su partido es verdaderamente deleznable e impropio de un jefe de Estado. Se repite en la Historia, es muy socorrido “fabricarse” un enemigo común para consolidar su supremacía. Alimentar una ideología de grupo se convierte en receptáculo de pasiones negativas en el que se mezclan frustraciones colectivas, rencores personales, ambiciones y bajezas nacidas del resentimiento. ¿Qué tiene de bueno fomentar complejos de superioridad que conllevan a la ausencia de solidaridad entre personas que han nacido en el mismo suelo y comparten la misma historia? ¿Por qué esa desmesura de pretender la domesticación de la gente y pulverizar la opinión distinta a la suya?

Generar este tipo de cultura es a todas luces antidemocrático. ¿Qué pretende López Obrador? ¿Entronizar una dictadura ideológica? o ¿por qué esa permanente incitación al odio entre los mexicanos? Empiezo a entender por qué en algunos países existen leyes que castigan esta incitación. El sociólogo norteamericano Gordon Allport decía que la ofensa pública número uno es la incitación al odio. Y vaya que lo es, porque el odio ciega las vías racionales de la comunicación, impide la interlocución entre los humanos. Debiera tipificarse como delito en la legislación mexicana.

Si lo que este país necesita a gritos y ya, es generosidad, reciprocidad, amabilidad, consideración, respeto entre todos y para todos, paz. La vorágine de violencia en la que transcurren nuestros días es aterradora. Nos estamos deshumanizando de una manera alarmante. Ahora sí que la vida, como dice la canción, no está valiendo nada. ¿Y nos vamos a quedar mirando? Por Dios, empecemos con la familia, fortalezcamos nuestros lazos de sangre con amor, con diálogo, con tolerancia y con comprensión. Si la familia no está bien… nada, ni nadie lo está. Y hoy, tristemente, todo está alineado para destruirla… De verdad, ¿eso no nos importa?...