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Han pasado unas horas desde el lanzamiento de 'Mi Enfermedad', el nuevo sencillo del disco tributo al rock en español que pronto sacará Alejandra Guzmán, y sus seguidores ya celebran el regreso en solitario de la 'Reina de Corazones'; un fan nos escribió esta reseña, que es más una declaración de amor

Por: Humberto Vázquez

“Estoy vencido porque el mundo me hizo así no puedo cambiar...”. Cómo no se va a erizar la piel al escuchar las primeros acordes de este himno que está hecho para rehabilitarnos de los males que aquejan y se hospedan en el alma. Esa que no sabemos dónde queda, pero cómo nos atormenta.

La primera vez que escuché “Mi Enfermedad” me dio un vuelco al corazón por una sencilla razón: Ese pequeño ser atormentado que era yo, entendió que uno no es así de cabrón por obra del Espíritu Santo, uno se va forjando a punta de los madrazos que nos azota la vida.

Y si van a culpar a alguien, que la culpen a ella, a la vida. Al fin que ese perro aporreado y desconfiado en el que nos convirtió, sigue caminando. Ahí andamos vagando por las calles, evitando tormentas y de pronto cuando la vida nos sonríe comenzamos a mover la cola de nuevo. Claro, nos acercamos con el miedo que dejan las viejas heridas, pero que chulada cuando alguien nos acaricia el lomo y nos da un bocado y nos dice “perro bonito”. Esta canción es eso: Un abrazo a nuestro espíritu callejero y desconfiado.

Y no, está rola no es la cura a ninguna enfermedad, pero tiene un gran efecto curativo, como cuando vas a rehabilitación y al final, en grupo, te tomas de las manos y las levantas mientras gritas con toda la fuerza del mundo: ¡Ánimo! Esta canción llegó para poner por escrito eso que no sabíamos cómo decir, y que nuestras abuelas resumen a la perfección y no es un albur: “La burra no era arisca, la hicieron a palos”.

Claro, nuestros papás pusieron el grito en el cielo porque escuchábamos a esos greñudos, pero bien que ellos iban dando lástima con ese reclamo llorón que decía: “Yo, soy rebelde porque el mundo me hizo así, porque nadie me ha tratado con amor”. Bueno, esto es lo mismo, pero con dignidad, con la frente en alto y el puño levantado como cuando declaras la guerra aunque lleves todas las de perder, al fin que qué puede pasar, una raya más al tigre. Y el pobre animal, de tan despelucado, parece que tiene sarna, pero ahí andamos saltando sobre bancos y cruzando el fuego, porque el que no arriesga no gana.

Y es que “Mi Enfermedad” salía de la voz del Salmón, el vocalista de Los Rodríguez, ese que le daba un aire a Bob Dylan: El gran Andrés Calamaro. Ya sé que los puristas se van a rasgar las vestiduras con esto que voy a decir, pero esta versión tuya mi Guzmán, con ese toque aguardientoso de una voz reposada en tequila, es una declaración de principios, un grito de guerra, pero no de los que van por la vida ganando la batalla, esta no es la balada de los vencedores, este es el grito de lucha de todos los héroes de capa caída, de aquellos con los que el mundo ha barrido y trapeado. Esto es para nosotros, los perdedores.

Y así, como un boxeador al que la vida le propina un golpe certero que lo lleva a la lona, con el alma en rastra, nos volvemos a levantar, volvemos a creer, volvemos a sonreír y volvemos a cantar y te hacemos segunda en un coro monumental porque: “Esta vez el dolor va a terminar”.

Así lo dices tú Ale, pero lo dices con tanta convicción y fuerza que todos te creemos. ¿Sabes por qué? Porque eres nuestra chamana, nuestra María Sabina que cura con guitarra en mano, la bruja a la que recurrimos cuando los dolores nos aquejan, cuando las penas nos hacen montón y sabes quién es la medicina perfecta y siempre sale al rescate de estos cuerpecitos hipocondríacos: Tú, nuestra paloma negra de los excesos, que aunque no sabemos dónde, dónde andarás, siempre acudes a nuestro llamado.

Y es que nomas’ con oírte se da vuelta la esperanza, esa cabrona que al vernos en el fondo del hoyo ya se iba en retirada. Y lo tenemos claro, a veces las cosas no se arreglan, al contrario, a veces empeoran y cuando no hayamos salida, ahí estás tú, en la oscuridad de nuestro cuarto abrazándonos con ese mantra que es tu voz quemadura, esa que arde y lleva fuego y enciende las luces en el alma cuando nos dice: “Parece que la fiesta terminó, perdimos en el túnel del amor, pero (calmo mijo), que esta vez el dolor va a terminar".

Y te creemos y dormimos como angelitos y nos levantamos con la frente en alto, dispuestos a seguir luchando, a seguir aventándole madrazos a la chingaderas que la vida nos pone a diario de frente.

Y es que Ale, como chingaos' no te vamos a creer si te hemos visto salir victoriosa de las más cruentas batallas y así, agotada, llena de tierra y sudor, con la espada escurriendo sangre, te hemos visto subir a ese caballo de guerra (qué es la música) como una Juana de Arco, a cabalgar libre, ondeando tu bandera por esos territorios que haz conquistado y que nadie, escúchalo, ¡Nunca nadie! Te va a poder arrebatar.

¿Y sabes por qué nosotros, tú grey, tus soldados rasos, tus adelitas y tu horda de fans te seguimos a dónde vayas y nunca te vamos a abandonar? Porque tú lucha es nuestra lucha, porque tus demonios son nuestros demonios, porque al igual que tú, también hemos tocado fondo. Pero la diferencia entre tú y nosotros, los simples mortales, es que tú haz convertido esos tropiezos en arte, en acordes que son como dardos que dan directo al blanco y sirven de consuelo.

No por nada tu música se ha convertido en el soundtrack de varias generaciones que conectamos contigo por una sencilla  razón: Cojeamos del mismo pie. No somos perfectos, ni queremos serlo, porque como tú, tenemos derecho a estar mal. Y, al contrario de lo que muchos creen, el verte llorar y tropezar y equivocarte, no te aleja de nosotros, al contrario, eso te humaniza y queremos estar ahí para darte un abrazo colectivo y también nos ofrecemos de tapete para que caigas en blandito.

Y entonces, cuando los días se te nublan, vamos en peregrinación a tu encuentro y ahí estamos todos con lágrimas en los ojos berreando contigo eso de “llama por favooooor”. Pero bueno, no todo es oscuridad y cuando sale el sol en nuestras vidas, nos subimos a la mesa del bar y pedimos un aplauso para que todo el mundo sepa que de pronto un día de suerte el amor se puso de modo.  ¿Con quién celebramos el triunfo?, pues con la vieja más chingona, nuestra confidente y paño de lágrimas y cómplice y santo milagroso y bruja y en resumen: La mujer que reina sentada, con una corona en la cabeza, en la parte de arriba de nuestros corazones apedreados.

Y no, contigo la fiesta no terminó. Esto Apenas empieza y se acabará como se acaban las buenas fiestas: hasta que ruede la calavera. Muero por escuchar a Charly García, Radio Futura, Café Tacvba y Soda Stereo salir de tu portentosa voz. A esos cabrones que al igual que tú con nosotros, te dieron esa palmadita en la espalda, pero que digo palmadita en la espalda, te dieron un abrazo chingón, fuerte y fraternal cuando andabas perdida en el túnel del amor.

Así que hoy, alzó la copa con las ojeras que me dejó una noche recordando quien soy, lo que he sido a tu lado y las luchas que he librado, las cicatrices que llevo y todas las cosas por las que he pasado y de fondo musical de nuevo tú, siempre tú. Si supieras cuántas veces sonó “Mi Enfermedad” anoche, a todo volumen, en ese pequeño altar tuyo que es mi cuarto. Empecé a las doce de la noche y terminé a las cinco de la mañana. Ahí estaba, suspendido en el aire, en una especie de trance hipnótico, escribiéndote esta carta que empecé a escribir hace 29 años cuando de pequeño mandé a tu revista un dibujo de Garfield y una carta en la que te declaraba mi amor, como si en ese entonces yo supiera que era eso del amor. Para mi lo eras tú.

Y en eso seguimos. En la cosecha de ese perro infernal, diría Bukowski, que es el amor. Y justo eso tenemos hoy para ti, carretillas y carretillas de amor por una sola cosa: Porque a pesar de las tormentas seguimos de pie y ahí están las cicatrices, para constatar que la vida se trata de caer y levantarse y no sabes mi pinche vieja chingona, como ayuda ponerse de pie cuando tu música está puesta. Cuando tú voz nos deja claro que nada es para tanto.

A lo mejor no lo sabes, pero a veces funcionas como curita y otras veces como electroshocks, pero finalmente nos espantas el mal y lo mandas a chingar a su madre. Dirán los que no saben qué estoy exagerando: Pero eres el remedio infalible que tenemos para esta maravillosa enfermedad que es estar vivo.

Ojalá nosotros, cantándote, nombrándote, cuidándote los pasos y hasta prendiéndote veladora, pudiéramos borrarte las lágrimas y sacarte una enorme sonrisa, porque hoy es día de fiesta. Además el talento que tú también heredaste y que llevas en la sangre, hoy lo tenemos por partida doble. No, yo jamás voy a odiar nada que venga de ti. Ya te veré tomada de su mano, porque después del amor no hay nada más importante que el perdón.

Gracias por tanto. Pero sobre todo gracias por estar. Gracias por tomarnos de la mano y nunca dejarnos solos. Gracias por habitar nuestras soledades y por iluminar nuestro interior cuando no pagamos la luz y hay apagones. Y gracias por regalarnos lo que mejor sabes hacer: ser tú y claro, faltaba más, cantar con las entrañas. Larga vida a la reina, esa que tiene décadas cantándonos al oído ese mantra curativo que reza “esta vez, el dolor va a terminar”.