Lo que hace falta es que, como anoche, todos nos identifiquemos y nos reconozcamos como mexicanos, gritando a todo pulmón, desde la privacidad de nuestras casas

Las imágenes que vimos anoche en nuestros televisores constituyen un hito en la historia moderna del País: una Plaza de la Constitución desierta en la que una llama ocupó el espacio central sustituyendo a las gargantas humanas que cada noche de 15 de septiembre corean –con absoluto fervor patrio– el “¡Viva México!”, que borra nuestras diferencias aunque sea sólo por unos instantes.

Se trata de imágenes para recordar y para aquilatar por lo que de trascendencia tiene el momento que la humanidad vive debido a la pandemia del coronavirus SARS-CoV-2, que ha logrado, en nuestro país, lo que no lograron nunca los elementos: impedir que nos reuniéramos para celebrar nuestra identidad.

Nadie desea que estas imágenes vuelvan a repetirse porque, por encima de nuestras diferencias, el “grito” es una ceremonia que nos recuerda de dónde venimos y que, como sociedad, tenemos un destino común que cada quien desde su trinchera contribuye a conquistar.

La peculiaridad de esta ceremonia sirve bien para recordarnos el sentido más profundo de la fecha cumbre de nuestro calendario cívico: la necesidad de trabajar en la construcción de mecanismos que nos hagan colaborar, más allá de nuestras discrepancias, para superar los retos comunes.

El presidente Andrés Manuel López Obrador, los gobernadores de los estados, los presidentes municipales y los representantes de nuestras legaciones diplomáticas alrededor del mundo recrearon anoche, más allá de sus diferentes orígenes políticos e ideológicos, un ritual que nos recuerda a todos que la gesta iniciada en 1810 por el cura Miguel Hidalgo constituye el inicio de la gestación del País que hoy somos.

La pandemia, que obligó a que los ciudadanos estuviéramos ausentes de las plazas públicas, hizo más evidente el sentido de identidad nacional en un momento de particular crispación política y de polarización social.

No hace falta que todos pensemos igual; no es necesario que todos abracemos el mismo credo, ni se requiere que todos nos suscribamos a las mismas ideas políticas. Lo que hace falta es que, como anoche, todos nos identifiquemos y nos reconozcamos como mexicanos, gritando a todo pulmón, desde la privacidad de nuestras casas, el orgullo de nuestra nacionalidad.

La “flama de la esperanza”, encendida en el corazón de la República, debería convertirse en un símbolo de la actitud con la cual debemos disponernos a contribuir a la construcción del espacio de inclusión que hoy, más que nunca, necesitamos para superar las múltiples crisis que nos aquejan.

No debe ser éste un símbolo político, no debe ser un estandarte ideológico, no debe ser un elemento de división o polarización. La esperanza en un mejor futuro debe ser una aspiración compartida por todos para, desde ese espacio común, ser capaces de unir fuerzas para avanzar hacia el futuro que todos deseamos.

La pandemia pasará. Sobreviviremos como especie a este grave momento de la historia. Pero lo más importante no es eso, sino cómo lo haremos. Si nos esforzamos por construir una visión común, el próximo “¡Viva México!” que todos entonemos nos encontrará en mejor posición para construir el País de mayor igualdad que todos los mexicanos merecemos.