Ahora mis peregrinaciones de juglar me llevan a Ciudad Guzmán, Jalisco. Esta ciudad se llamaba antes Zapotlán el Grande, nombre más eufónico y sonoro que el soso apelativo oficial que ahora lleva.

Yo no conocía este lugar, y su vista me causó un súbito deslumbramiento. Llego a su iglesia mayor, y en ella encuentro a San José. Yo soy devoto de este santo, ejemplo de humildad. También él dijo a su manera: “He aquí el esclavo del Señor; hágase en mí según su palabra”. Aceptó una paternidad que no era suya; cumplió con docilidad y mansedumbre su tarea de cuidador de la Virgen y guiador de los primeros pasos de Jesús.

Ciudad Guzmán está amparada por el patrocinio del santo carpintero. Pero aquí no está vestido con el sencillo atuendo verde y café del artesano, sino con regias vestiduras de monarca. Su imagen tiene traje de púrpura y armiño, y en la cabeza lleva una corona hecha de plata. En su fiesta es paseado por las calles, con la Virgen y el Niño, en un gran monumento que la gente llama “El trono”. Cada año se nombra un mayordomo que tiene a su cargo la organización de las fiestas patronales, y la recaudación del dinero necesario para cubrir los gastos.

El templo es hermosísimo, aunque pequeño de estatura. La población está enclavada en una zona sísmica, y no se construyen aquí edificios altos. Hace unos años la ciudad quedó casi arrasada por un temblor de tierra. El interior de la iglesia, sin embargo, es muy hermoso, a pesar de las pesadas vestiduras de terciopelo que cuelgan de sus columnas. En esta iglesia hallé el más hermoso cuadro que he mirado sobre la vida del castísimo patriarca. Aparece él en su carpintería, trabajando. Un Jesús ya adolescente le tiende la herramienta, mientras al fondo María hace costura y mira con serena alegría a su esposo y su hijo. En lo alto, el techo del aposento se abre y deja ver una radiante insinuación de cielo. De Cielo.

El cuadro es de grandes proporciones, como los que pintó Carrasco en nuestro templo de San Juan Nepomuceno, pero éste tiene más verdad y más calor que las frías telas del jesuita, dicho sea con el mayor respeto para la Compañía.

Bajo ahora a la tierra. He caminado mucho por las calles del pueblo, buscando las huellas de Juan José Arreola, ese hombre excepcional que fue actor, ciclista, jugador de ajedrez y de ping pong, gran seductor de mujeres... Ah, y también escritor. Siento hambre, y encuentro una fondita al lado del hermoso templo. Leo el menú, y pido una tostada mixta. ¡Qué tostada, Señor San José! Ese manjar supremo llevaba todo lo que del puerco puede sacar el hombre. En la base de la tostada un enorme trozo de lomo y otro igualmente descomunal de pierna. Luego, sobre este magnificente asiento que por sí mismo habría bastado para dar la tostada por hecha y concluida, un monte de trozos de lengua, oreja, trompa, buche y asaduras diversas y sabrosas. Y encima de todo, como glorioso remate, una gran pata de cerdo a la vinagreta. Llegué yo a la fondita en busca de un tentempié, y me topé con esta obra maestra de la glotonería.

He de volver algún día a Ciudad Guzmán. Es decir a Zapotlán el Grande. Y me apena confesar desde ahora que ignoro si volveré en homenaje a Arreola, en devoción a San José, o en busca de otra tostada como ésa que me comí