De una cosa podemos estar seguros respecto de la nueva realidad a la cual estamos a punto de ingresar: no será la solidez de las ideas; no será la apabullante superioridad de la lógica; no será la elegante articulación del discurso la herramienta con la cual se derrotarán las pulsiones anti democráticas del futuro gobierno.

Será, sí, la inteligencia. Y, desde luego, la inteligencia usada para, a partir de la lógica, construir robustas ideas para presentarlas en forma de eficaz discurso. Pero una cosa debe cambiar radicalmente en la articulación de dicho discurso: la forma en la cual se presente al público.

Porque la futura administración, al frente de la cual estará el presidente López Obrador, no librará con nadie una batalla de ideas; no debatirá con nadie a partir de datos verificables y no tendrá como uno de sus compromisos fundamentales la honestidad intelectual, sino la fórmula goebbeliana de fabricar la verdad a partir de repetir incesantemente la mentira.

Quien lo dude, sólo debe invertir poco más de dos horas en ver dos videos al alcance de todos en Youtube:

El primero de ellos corresponde a la emisión del pasado lunes, 19 de noviembre, del programa Tercer Grado, en el cual el futuro mandatario mexicano fue entrevistado por Leopoldo Gómez, Denisse Maerker, Carlos Loret de Mola, Raymundo Riva Palacio, Leo Zuckermann y Joaquín López Dóriga. La colección de mentiras arteras vertidas por quien ofreció “no mentir” es de antología.

Y para tener la evidencia completa respecto de la capacidad de López Obrador para mentir con una frialdad capaz de hacer sentir envidia a Donald Trump, enseguida debe verse la edición publicada ayer de El Pulso de la República, el programa on line del youtuber Chumel Torres.

Exhibiendo uno de los mejores guiones de su historia, el chihuahuense combina fragmentos de la emisión de Tercer Grado, así como de entrevistas concedidas por López Obrador a Ciro Gómez Leyva y Carmen Aristegui, con fragmentos de discursos de campaña y videos subidos por López Obrador a redes sociales. La exhibición de las contradicciones no tiene desperdicio.

Pero no es la exhibición de la evidencia lo verdaderamente importante en esto porque, como sabemos todos, eso se ha hecho largamente. La proclividad de López Obrador por falsear la realidad y construir un discurso a partir de pervertir los hechos -incluso si existe evidencia de la verdad- no la descubrimos ayer: ha sido largamente documentada por múltiples periodistas y por sus adversario políticos.

Pero, como se sabe también, gracias a la disciplina con la cual ha construido su personaje, el futuro Presidente se volvió impermeable a la demostración de su esquizofrenia discursiva y, lejos de perder adeptos a partir de la crítica fundada, sumó más a lo largo de los últimos tres lustros.

La razón de ello es bastante simple, al menos en lo relativo a uno de sus frentes enemigos: los políticos para quienes se volvió obsesión “destruir” al próximo titular del Ejecutivo cargan sobre sí -unos más, otros menos, pero todos- el peso de señalamientos de corrupción frente a los cuales ser un mentiroso irredento resulta un pecadillo menor.

Así pues, convertir a la mentira en un defecto reprobable, en el mismo grado en el cual se reprocha -y con razón- la corrupción, el ejercicio despótico del poder y los excesos de nuestros gobernantes, es una tarea a ser emprendida con la utilización de otras herramientas, señaladamente el humor.

La ecuación es simple: el programa de Chumel Torres -con todo y la virulenta reacción de los acólitos del pejismo en redes sociales- es mucho, muchísimo más eficaz en el propósito de desnudar al próximo presidente, en comparación con mil discursos pronunciados por los adversario políticos de aquel.

No se trata, como lo he dejado antes por escrito en este espacio, de una fórmula nueva. Uno de los signos característicos de la democracia estadounidense es el intensivo uso de la sátira política como instrumento para la construcción de una opinión pública mucho más robusta.

En este ámbito destaca uno de los comediantes más inteligentes y agudos de la televisión de los últimos años: John Oliver. Rostro visible de Last Week Tonight, Oliver encabeza a un equipo de agudas mentes gracias a las cuales cada semana nuestra inteligencia es provocada para pensar con mayor profundidad en torno a la realidad cotidiana y sus implicaciones.

Crítico feroz de Donald Trump y, en general, de quienes exhiben tendencias autoritarias en el ejercicio del poder, el británico ha sido, desde el lanzamiento mismo de la campaña del magnate neoyorquino, un referente obligado para comprender el riesgo democrático representado por el actual ocupante del Salón Oval.

En México necesitaremos, a partir del próximo 1 de diciembre, una docena de John Olivers capaces de concretar, a partir de la sátira política, la tarea para la cual son incapaces los adversarios ideológicos de López Obrador: impedirle concretar -al menos en parte- su proyecto autocrático.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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