“…el mito de la inocencia de la infancia es una forma de negar los efectos de los problemas sociales reales en los niños y también una manera de desviar la atención de los adultos de los apremiantes problemas del racismo, el sexismo, los malos tratos en la familia, la pobreza, el desempleo, la reducción de la industria y otros factores sociales que hacen del final del siglo 20 una época tan atroz para muchos adultos y, en especial, para los niños, que, a menudo, están indefensos ante tales fuerzas.” 

Esto es lo que afirma el teórico estadounidense Henry A. Giroux con sobrada razón. Y mucho de esto es lo que advertimos en la obra de Suzanne Lebeau (Montreal, 1948), una escritora teatral canadiense que ha transfigurado la dramaturgia para niños en su país, en México y en el mundo.

“La historia del teatro para niños en México tiene un antes y un después. Ese parteaguas se llama Suzanne Lebeau. Fue en 1999 cuando la dramaturga canadiense impartió el primero de muchos talleres que daría en el país, dando a conocer su poética. Por primera vez en México se habló de la existencia del oficio del escritor de teatro para niños y de sus conceptos artísticos. Enseguida, su visión comenzó a difundirse, entre los autores jóvenes principalmente, quienes la tomaron como bandera. Hoy, lo que vemos en las salas lleva parte de su influencia.” (Amaranta Leyva. “Los porqués de Suzanne Lebeau”. ( http://confabulario.eluniversal.com.mx).

Después de sus inicios como actriz y luego de escribir muchas obras para niños que dan un vuelco a lo que hasta entonces se consideraba “teatro infantil” o “para niños”, Lebeau concibe “L´Ogrelet” (“El Ogrito”) en 1997, pieza que le procura un reconocimiento internacional.

¿En qué consiste la originalidad de Lebeau? Consiste no sólo en la construcción dramática de una historia para niños –de cierta edad- sino en lo que esa historia cuenta. Esta “novedad” recuerda la primera versión de los cuentos infantiles de los Hermanos Grimm, quienes recorrieron los pueblos de Alemania recopilando sus leyendas y consignándolas tan fielmente como pudieron.

Los Grimm publicaron estas leyendas bajo el nombre de “Cuentos de la Infancia y del Hogar” hacia 1812, pero resultaron tan crudas y bárbaras para los lectores de la época, que asustados, los autores tuvieron que matizarlas y aligerarlas. Así, las hermanas de la Cenicienta ya no sufrieron la literal mutilación de sus pies en el momento de probarse la zapatilla “de cristal”, como originalmente fue relatado a los Grimm, sino que sólo pujaron y batallaron hasta desistir. La crueldad ostensible en todos esos cuentos fue cepillada, por decirlo así, hasta quedar domesticada y puesta al alcance moral de la lectura pequeñoburguesa del pueblo alemán del siglo 19.

La historia que se cuenta en “El Ogrito” es sencilla, aunque desde el punto de vista dramatúrgico, la forma de estructurarla no lo es tanto. Bastan dos personajes –la madre del ogrito (Marissa Vallejo) y el ogrito mismo (Jorge Oyervides)- para ofrecernos una historia fantástica, sí, pero tan conmovedora como puede serlo un drama de Chéjov o una obra de Strindberg.

¿Por qué? ¿Cómo logra este hallazgo Suzanne Lebeau y cómo lo alcanzan los actores, con el auxilio de algunos recursos en “off” y multimedia? La dramaturga canadiense impregna su texto de sucesos y emociones que casi cualquier espectador puede reconocer como una analogía de la marginación y la discriminación, por ejemplo; no trata a sus posibles espectadores infantiles como despistados, sino como niños con capacidad de comprensión; echa mano de un lenguaje que no parodia grotescamente aquello que entendemos por “lo infantil”; y construye su historia dotándola de cierto grado de complejidad.  

Los actores Marissa Vallejo y Jorge Oyervides han montado “El Ogrito” en el pequeño teatro del Centro Cultural García Carrillo. Y lo han hecho acudiendo a recursos multimedia y, muy especialmente, a su propio talento. Ellos aportan al montaje del texto una actuación convincente y verosímil. No trabajan como tantos “actores” de televisión que pretenden divertir a los niños con chistosos recursos de bisutería, ni con disfraces coloridos, ni con toda esa parafernalia que por desgracia la televisión comercial ha convertido en chatarra desechable.

A pesar de que el escenario del teatro es pequeño, Marissa Vallejo y Jorge Oyervides expanden sus dimensiones explotando otras áreas y proyectando dos escenas sobre una pantalla corrediza sobre el foro en la que asistimos a algunas pruebas que debe sortear el Ogrito para dejar de serlo y así integrarse a una “vida normal”.

La historia brinda antecedentes y consecuencias. Hay una evolución en el temperamento de los personajes: el Ogrito es un buen chico pero termina cediendo ante la fuerza de su naturaleza; la madre es una buena mujer –¿abandonada?- que sufre la transformación de su “pequeño” hijo y acaba engañándose, acaso voluntariamente.

No parece ésta una obra de teatro para niños, pero lo es. Las cosas han cambiado, todos lo sabemos. Obras como éstas exigen del niño una atención tan aguda como la que seguramente brinda a sus juegos electrónicos, que tanto demandan de él. Pero si están dispuestos a enfrentarse al juego virtual, ¿por qué no lo estarían para atender a una obra que habla a ellos y a sus padres; a una obra que nos habla a todos, al margen de las generaciones y de las tecnologías más sofisticadas?

“Tres años después de L’Ogrelet Suzanne llegó a México. El ogrito fue montado por Martín Acosta en 2003 en el teatro El Galeón de la Ciudad de México y publicado —junto con el texto de Salvador— por Ediciones El Milagro. El que un texto “para niños” fuese visto e interpretado por artistas que normalmente hacían trabajo para adultos fue otro boom. Dice Alejandro Calva, quien interpretó al ogrito en aquella ocasión, en una entrevista a La Jornada el 3 de febrero de 2003:

“Estoy contento con El ogrito; tiene poesía, es bellísimo, con profundidad. Estamos ante un texto que se volverá un clásico infantil”. No se iba a volver un clásico: ya lo era en el panorama mundial.” (Amaranta Leyva. Ídem).

Dada la índole de esta obra, nadie dudaría de que ese ogrito fuese un actor como Jorge Oyervides. Su estatura, su vestuario, su paulatina transfiguración son el producto de lo que realmente es: el hijo de una mujer digamos normal y de un ogro, ese personaje mitológico que reencontramos en la literatura para niños y el cine fantásticos –el Ogro de “Pulgarcito”; “Shrek”…”- y en la fantasía heroica contemporánea.

Marissa Vallejo, por su parte, representa a una buena madre, preocupada por el bienestar de su hijo, por su educación y su alimentación; preocupada también porque los agresivos y ogrescos rasgos de su padre no empiecen a manifestarse en el niño. Recordemos que los ogros se alimentan de carne humana, lo que queda bastante explícito en la obra. La función a la que asistí sufrió la interferencia de los gritos insistentes de un niño pequeño cuyos padres no pudieron acallar.

Este hecho desconcentró tanto el trabajo de la actriz, que al final, después de los aplausos, tuvo que insistir con razón, en la edad ideal que los niños deben tener para asistir a las funciones del montaje.

Gran trabajo el de estos actores, que nos brindan la puesta en escena de una obra para niños que recrea las actuales circunstancias del mundo a partir de un código fantástico. Cualquiera que sepa leer más allá de la superficie, sabrá que Marissa Vallejo y Jorge Oyervides están hablando de nosotros, a través de Suzanne Lebeau y de su idioma tan imaginario como connotativo. “Toda obra es superficie y símbolo”, escribió Wilde.

Es una lástima que el trabajo que implica un montaje como éste se agote en cuatro funciones. Es de esperar que el Centro Cultural García Carrillo u otra instancia oficial o no oficial brinden su espacio para que “El Ogrito” ofrezca otras temporadas, tantas como sean posibles.