Debo a la amabilidad del maestro Alejandro Cerecero el descubrimiento de un volumen muy especial en su propósito y en su concepción. Son muchas entregas ya las que he dedicado a la-mentar la deficiente circulación de los libros producidos por autores regionales, y el hallazgo de este estupendo y prácticamente desconocido título me lo confirma.

La pérdida y el azar

¿Cómo llegan a nosotros los libros? ¿Qué de rutas, coincidencias y extravíos traza la mano invisi-ble para que un autor o un texto que será fundamental para nosotros nos alcance y nos engan-che en su forma y su discurso, es decir, nos toque?

La mayoría de los libros esenciales llegaron así a mi vida: dejados ahí a la vera, como accidental-mente: en tiendas de viejo, recomendados por amigos o fruto de escenarios y procesos entrópi-cos, escogidos muchas veces por una suerte de “química”, o amor a primera vista: el arpón de una palabra que reverberaba con la luz del enigma, de un color que imantaba la pupila, de un dibujo, una ilustración o una foto que descorría el velo de la mente: luego, con los años, los teóri-cos del diseño editorial me enseñaron que aquello se llamaba “paratexto”. Pero creo que tam-poco sería justo reducir el flechazo hacia un libro a partir de elementos puramente formales. Ya que siempre en ellos late un “algo” misterioso que sabra decirse sólo a aquel elegido que lo sepa ver: a quien lo sepa “leer”.

Así van construyéndose las pasiones y las filias con la literatura: de ahí que autores para nosotros fundamentales, a otros lectores no le digan absolutamente nada: y viceversa.

La abismal diferencia entre la pasión o la indolencia reside en matices infinitesimales: variaciones, ideas, propósitos del autor, y por qué no, diría Barthes, cierta “performatividad” en el despliegue de su texto.

La voz y la mirada

De ahí que el encuentro con Tratado Hermético de Iconografía haya sido para mi todo un aconte-cimiento. No conozco en Coahuila ni en la región un proyecto literario que lo iguale en sus propó-sitos: la hibridación poética entre el texto y la imagen, el juego de meta espejos entre la obra pictórica y los laberintos del lenguaje: como diría Maurice Blanchot, la palabra com una hoja de papel; por un lado la imagen, por su reverso el sonido.

¿Qué es este Tratado hermético? ¿Una autobiografía vía las imágenes, una deriva lírica, un marco o aparato crítico, un asedio verbal hacia las obras que han conmovido o configurado la sensibili-dad del autor? En esta iconografía pululan lo mismo Rembrandt que los Rolling Stones, autores tan disímbolos  -tan similares- como Hockney y Hopper. Klee, Toledo, Rafael, Geroca, Pollock, Velázquez, Meza, Cezzane…

Todos sabemos y reconocemos sobre la incuestionable autoridad en los temas de la crítica plásti-ca de su autor, Javier Treviño Castro, quien acá no sólo hace un despliegue natural de su pasión por las irradiaciones infinitas del arte visual, sino que en este juego ¿paratextual? se revela como el dueño de una auténtica voz poética.

La concision, la imagen sobre la imagen, el juego, el humor, la cita, todos los recursos estallan por combinación y acumulamiento. El ultimo experimento  notable de lectura o glosa interdisciplinar-ia o entrecruce de un arte a la otra, lo recuerdo en la famosa suite de piezas “Cuadros de una exposición”, del compositor ruso Modest Musorgski.

Pinturas que hablan

Así, estos textos y revisitaciones a la plástica de Treviño Castro no se proponen en un carácter explicativo, ni ensayístico; sin embargo, hay un elemento en cada texto que sí lo es: claves, pun-tos de anclaje entre el texto y la obra, que proponen una trascendencia más allá del simple juego lírico: un zeitgeist.

Tratado Hermético de Iconografía es un libro anómalo y notable: un volumen que merecería una proyeccción mucho mayor. Me entero por su página legal que fue editado hace ¡10 años!

¿Qué está pasando con lo mecanismos institucionales de difusión y distribución?

Si es precisamente en este momento histórico y social cuando necesitamos libros como éste, que vengan a irrumpir y a trascender las fronteras artificiales entre los géneros, libros y visiones que arriesguen nuevas rutas, o como dice el poeta Gerardo Carrera en su prólogo: el autor “des-cubre los ecos presentidos, traduce metáforas y símbolos visuales a palabras”.

Tratado hermético me lleva a muchos lugares y cosas; disciplinas, entrecruces, imágenes, pro-cesos, historias: creo que para ver / leer los cuadros como Treviño Castro los ha visto, habría que tener, como dijo Orson Welles, acerca de hacer una gran película: operar una cámara que sea como un ojo en el corazón de un poeta.

Tratado Hermético de Iconografía.

Javier Treviño Castro.

Instituto Coahuilense de Cultura. 2010.

97 p.