Entre insultos, pleitos, polarizaciones, mentiras y acusaciones de corrupción de todos contra todos, el 27 de junio se cerraron las campañas. Parece que han pasado años, pero no, estamos hablando de apenas hace un mes. La ley obliga a que los partidos políticos guarden silencio durante los cuatro días previos a la votación, para que los ciudadanos reflexionen su voto. No sé si la veda tenga ese efecto reflexivo, pero al menos el ambiente se tranquiliza un poco y los ciudadanos descansan de spots y promesas falsas.

Estas cuatro semanas me hacen preguntarme si no sería buena idea que después del día de las elecciones se obligara a los políticos a guardar silencio por cuatro semanas, para que reflexionen un poco sobre sus nuevas situaciones y responsabilidades. No fue así, y en estas cuatro semanas todos los partidos políticos cayeron en una serie de errores, despropósitos, lugares comunes, arengas sin sentido y hasta pretextos.

Quienes dicen dirigir al PAN (ya hablaré del PAN más adelante) siguieron defendiendo lo indefendible, dividiendo más al partido al aferrarse a sus cargos y encontrando explicaciones y justificaciones inverosímiles para su derrota. Por su parte, en el PRI no hubo ni siquiera la intención de revisar con seriedad qué futuro les depara ante la peor debacle electoral de su historia. En vez de analizar cuáles podrían ser los pasos a seguir para recuperar al partido, comenzaron por poner sobre la mesa lo cosmético: el cambio de nombre.

A los políticos de Morena por su parte, nadie les ha avisado que la campaña terminó. Parece que todavía no caen en la cuenta que son un partido político, no una organización no gubernamental, y que ya no son candidatos y deben comenzar a comportarse como gobierno de la República para todos. El Presidente de la República en funciones debería estar rindiendo cuentas de su sexenio, pero López Obrador le ha ahorrado esa penosa tarea con su protagonismo mediático, cosa que en Los Pinos deben agradecer mientras hacen sus maletas y piden más deuda.

Qué diferente hubiera sido que AMLO hubiera anunciando su gabinete después de ser nombrado formalmente Presidente electo. Que detrás de cada decisión se pudiera percibir una reflexión seria. Pero no fue así, y los nominados siguieron el ejemplo del líder y también se han puesto a hacer declaraciones sin que medie estrategia de comunicación alguna. Que si aceptó el Papa. Que si se cancela el aeropuerto. Que si se vende el avión presidencial. Que si todas las secretarías se van a mudar a los estados. Que si los burócratas deben ganar la mitad de un día para el otro. Que si él y Trump son igualitos porque “enfrentan al establishment”. Que si el enemigo ahora se llama INE. Que si la persona más honesta y capaz para dirigir la CFE se llama Manuel Bartlett.

Ninguno de estos temas refleja un gobierno que tiene un diagnóstico claro de los principales problemas del país, un equipo cohesionado y capaz, y un plan para ir tomando decisiones de manera ordenada, coherente y con objetivos específicos. Los peores vicios de la cultura política mexicana ya comienzan a asomar su horrible rostro: voluntarismo, patrimonialismo, amiguismo, nepotismo y, como lo reveló el escándalo por el fideicomiso de los sismos: opacidad, mentiras y falta de respeto a las instituciones. Un poco de silencio no hubiera estado nada mal.

Por cierto. El pasado miércoles 25 de julio fue mi cumpleaños. Muchas gracias a quienes tuvieron el gran detalle de acordarse y felicitarme.

@Mzavalagc