El accidente de la Línea 12 del Metro es una tragedia nacional. Lo es, ante todo, por la muerte de 26 personas y las lesiones de decenas más. Lo es por la negligencia de las autoridades en las horas posteriores, incapaces de responder a la desesperación de los familiares que, entre el caos, trataban de encontrar a los suyos. También es una tragedia porque confirma la incapacidad de los gobiernos de la ciudad, el actual y los anteriores. Ellos pueden darle las vueltas que quieran, pero el peso de la tragedia y las circunstancias que la rodean son evidentes. La responsabilidad debe recaer en quien diseñó, construyó y fracasó al mantener en pie y funcionando la Línea 12. No hay vuelta de hoja.

Pero el colapso del convoy en Tláhuac es también una tragedia porque confirma uno de los grandes misterios de la presidencia de Andrés Manuel López Obrador.

Hace una década le pregunté a López Obrador cómo debía yo explicarle a mi hijo mayor –que entonces tenía cuatro años, casi la misma edad que Jesús Ernesto, su hijo menor– qué papel había jugado él en la historia de México. Hizo una pausa antes de contestar. Me pareció verlo conmovido. “Dígale que he sido un luchador social”.

Desde entonces y por mucho tiempo, más allá de la crítica a sus muchos errores y desplantes, pensé que, en la médula, el Presidente de México de verdad se veía a sí mismo como un hombre de la gente y para la gente; un hombre que entiende el dolor, que es capaz de sentirlo frente a la desgracia ajena e identificarse con ella. Esa convicción se esfumó la semana pasada. López Obrador ha dicho que no conoce el significado literal de la palabra empatía. Ahora los mexicanos sabemos que es verdad: la empatía no está en su vocabulario. Tampoco en su corazón.

El Presidente ha tenido innumerables oportunidades de mostrar esa supuesta sensibilidad que, a lo largo de tantos años, presumió como su mayor virtud. Tuvo la oportunidad frente al movimiento feminista. También frente al dolor de los LeBaron. Y por supuesto ante los deudos de los cientos de miles de muertos por la pandemia. Una y otra vez, las ha dejado pasar. La última oportunidad, quizá la definitiva, ha ocurrido estos días ante nuestros ojos y ante los ojos del mundo, cuando tuvo enfrente el luto colectivo de la ciudad que gobernó y de las decenas de familias que lo perdieron todo. Nada cambió.

La reacción del Presidente al accidente en Tláhuac desafía cualquier explicación. No hay manera de entender que no haya interrumpido el sueño para decir algo, para hacerse presente y transmitir la mínima calidez. Pero mucho menos se entiende lo que sucedió en la conferencia de prensa matutina de los días siguientes. Antes que mostrar un ápice de humanidad, el Presidente apareció duro, inconmovible, como si la tragedia fuera una incómoda provocación del destino. Consciente a cada instante de la batalla por el poder –la única que al parecer le importa–, prefirió solidarizarse con la atribulada Claudia Sheinbaum antes que con las decenas de familias enlutadas. Lejos de hacer lo que prácticamente cualquier otro gobernante habría hecho después de una desgracia de esta magnitud, López Obrador descartó visitar a los heridos o convivir con los deudos. Dijo que no era su estilo. “¡Al carajo!”, espetó.

La reacción, y sobre todo esa última respuesta, es terrible. Y lo es porque revela la gran mentira. Quizá lo que sucede es que López Obrador engañó a México. El hombre detrás de la cortina no era el luchador social que decía entender mejor que nadie las heridas de los mexicanos más pobres, marginados y desamparados. No hay otra manera de explicar su dureza. Hay que llamarla de otra manera. La cara que ha mostrado al mundo López Obrador después de la tragedia no es sólo el rostro o la voracidad del poder. Es la cara de la crueldad.

Tan lejos de la promesa de renovación moral que algún día prometiera, hoy López Obrador es un ser dominado por la paranoia, la indiferencia, el cinismo, la ira. Un presidente sin corazón.