Foto: Tomada de Internet
La comunidad de El Embarcadero está desierta: todos huyeron tras la masacre de ocho personas cuyos cuerpos fueron abandonados en Alto Lucero. El pueblo fue uno de los puntos en el que el convoy de sicarios entró a saquear, plagiar y asesinar a tres de sus habitantes. Ahora el lugar quedó al cuidado de una sola persona quien desde el anonimato relata la muerte de Claudia Montero: “[El asesino] llevaba un marro, mi amigo, le puedo decir que con ese mató por lo menos a dos personas, una de ellas fue la muchacha”

Ciudad de México. La gente del municipio de Actopan, Veracruz, recordará un pueblo llamado El Embarcadero, que alguna vez fue el único sitio en la costa veracruzana donde los ganaderos pesaban sus animales antes de exportarlos. Hoy la comunidad está desierta: todos huyeron despavoridos tras la masacre de ocho personas.

Se trata de un paraje turístico con árboles frondosos, clima tropical y un arroyo de aguas cristalinas donde los niños solían lanzar barcos de papel y bañarse. Allí las vacas producían la mejor leche en la región. Todo se perdió con la llegada de presuntos sicarios y la muerte de tres personas, una de ellas, Claudia Montero Zavaleta.

La historia de aquel viernes lúgubre 19 de agosto es relatada por un vaquero solitario que ahora es el encargado de cuidar las reses hasta que alguien puje por los animales en remate.

“Los dueños de las casas empacaron sus pertenencias, echaron candado a todo y se fueron. La verdad no creo que regresen después de aquel desmadre”, dice.
El hombre que mira para todos lados acepta narrar los hechos trágicos desde el anonimato. La tarde que un artefacto provocó más temor que todo el arsenal de calibres de guerra; un marro con mango de madera y cabeza de acero, herramienta que los verdugos de capucha cimbraron sobre las sienes de sus víctimas.

“LE DESTROZARON EL ROSTRO”

Los sucesos se registraron a las 16 horas, aproximadamente. El convoy de 15 vehículos se desvió de la carretera federal Costera del Golfo, para estacionarse en el primer poblado de la ruta adyacente, a escasos 500 metros de distancia, en El Embarcadero, Actopan, Veracruz.

La comunidad, de no más de 25 habitantes, atestiguó la entrada de los gatilleros. Disparos al aire largaron la calma y una voz del supuesto mando gritó el nombre de Claudia Montero Zavaleta, anotado en una lista de futuras víctimas. Se trataba de la sobrina del dueño de la quesería “Mis Viveros”.

El entrevistado cuenta con la piel erizada que el más corpulento de los pistoleros descendió de una camioneta cerrada: “Llevaba un marro, mi amigo, le puedo decir que con ese mató por lo menos a dos personas, una de ellas fue la muchacha. A uno le daba coraje, pero qué podía hacer. Dos queseros trataron de meterse, pero nada más les tocó una golpiza y después se llevaron a los tres”.
Una escena que pareciera asemejarse a la cinta de ficción Bastardos sin Gloria, de Quentin Tarantino, donde muestran cómo soldados americanos privaban la vida a militares nazis, hincándolos, antes de ser golpeados con un bate hasta arrebatarles la existencia.

Versión siniestra que apoyan los habitantes del Ojital, Alto Lucero, la segunda parada de los agresores.

“Era el más gordo de todos esos hombres, traía un marro y lo llevaba a todos lados, decía que con eso les iba a cargar la chingada a todos. Uno se imagina lo que puede provocar ese garrote y lo deja sin palabras”, relata uno de ellos.

De acuerdo con el entrevistado, el reporte de la muerte de Claudia Montero, entregado a los familiares, fue por impactos en la nuca y en el rostro con la presunta herramienta de acero. En las fotografías de los hechos a la hoy finada se le ve de rodillas, con el rostro clavado a la tierra.

“Fue mejor que las fotografías no enseñaron a la muchacha, la verdad todos decimos que fue la que más sufrió de los ocho difuntos”, opina el entrevistado, quien tras 20 minutos de plática se dispensa y se retira a terminar lo más pronto con sus labores, pues asegura, “es mejor guardarse tempranito, esa gente anda suelta y uno ya ni sabe”.

“EL EMBARCADERO, PUEBLO MALDITO”

La gente de los alrededores asegura que por la ubicación de El Embarcadero, la lista de víctimas con nombres todavía pendientes y una veintena de gatilleros prófugos vuelven al sitio un pueblo maldito. “En cualquier momento la desgracia puede repetirse. Entendemos a la gente que prefirió escapar”.

Un silencio fúnebre que desencanta al pequeño paraíso no mayor a los 500 metros de extensión. Con terrenos fértiles par sembradíos de jitomate y donde, además, la ganadería resultaba redituable.

La comunidad está compuesta de cinco viviendas, con techos de lámina y muros sólidos, terrenos rodeados por cerros de follajes verdes; con el monte por el frente y la costa a las espaldas. Allí la pesca y el turismo también solía generar ingresos por temporadas. Sin embargo, la gente ha decidido marcharse y probar suerte desde cero en sitios menos peligrosos.

De acuerdo con los catálogos municipales de la Secretaría de Desarrollo Social (SEDESOL), el grado de marginación era bajo, ubicado en mejor situación económica que la media del municipio de Actopan; allí ninguna persona era analfabeta, ni mucho menos estaba desempleada. Con todo lo mencionado la decisión fue unánime: huir.

Si bien no se trata de un fenómeno extraordinario en el gobierno de Javier Duarte, al ser Veracruz, de los estados con mayores índices de migración a nivel nacional, según cifras del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), hoy quedará en el sexenio del priista la historia de El Embarcadero, un pueblo prodigioso que se volvió maldito; donde la inseguridad corrió a todos sus habitantes.

Sinembargo

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