Don José María Vigil fue figura muy destacada en la época del porfiriato. Dirigió la Biblioteca Nacional durante muchos años –él fundó la institución–, y fue director también de la Academia Mexicana de la Lengua, el cuarto que tuvo esa docta corporación. Es el señor Vigil uno de los mejores mexicanos que ha habido en este País. Quizá por eso se le tiene en un injusto olvido.

Don José María era hombre muy sabio, pero era también muy ingenuo. Con frecuencia esas dos cualidades van juntas. Una de sus hijas andaba de novia con el joven licenciado Maximiliano Baz. El noviazgo, autorizado por el señor Vigil, se desarrollaba en la casa de la novia, pues así se usaba en aquellos años, y siempre bajo la estricta vigilancia de don Chema y de su esposa doña Asunción, Chonita.

El alcahuete o tercero de los novios fue nada menos que el Diccionario de la Academia. En el curso de la charla solía presentarse con frecuencia –o si no cualquiera de los enamorados la provocaba– alguna duda en torno de la significación de tal o cual palabra.

-Voy a consultar el tumbaburros –ofrecía el señor Vigil.

-No te molestes, papá –se apresuraba la muchacha–. Nosotros vamos.

Y allá van los novios, a la biblioteca. Ahí, cuenta don Victoriano Salado Álvarez, “... los billetes de amor y los ‘te quiero’ se cambiaban a la luz de la lámpara de petróleo, teniendo por galeote al diccionario de la Academia, que presidía como numen familiar... Bella y original forma de comunicación que probablemente ignoraba Vigil...”.

Amaba don Chema la vida del hogar; disfrutaba el modesto pasar que tenía en su casa. Hombre de hábitos inalterables, sufría lo indecible a causa de los caprichos de su mujer, que no estaba a gusto en ninguna parte y por eso cambiaba de casa como cambiar de refajo. Apenas acababan de mudarse a un nuevo domicilio cuando ya la señora había encontrado otro mejor y más conveniente. Y vuelta a cambiarse. A los tres o cuatro meses vámonos otra vez a una nueva casa que la buena mujer había encontrado en otro rumbo. Cuando el Gobierno habilitó una casa especial para el director de la Biblioteca, doña Chonita murió de tristeza –hablo en sentido recto, no figurado–, porque con eso se le acabaron aquellas continuas mudanzas que a ella tanto le gustaban.

Se hizo viejecito don José María Vigil. Uno de sus mayores placeres era recibir la visita de gente de Guadalajara. Hacía mil preguntas a sus paisanos acerca de la hermosa ciudad en donde había nacido. ¿Todavía era tan bello el paseo tal? ¿Existía aún aquella casa tan linda de la calle Fulana? El jardín aquél, ¿seguía siendo tan hermoso?

Le preguntaban los visitantes:

-Y ¿por qué no va usted a Guadalajara, señor Vigil?

-¿Para qué? –respondía con honda tristeza el anciano señor–. Todas mis tarjetas de visita tendría que dejarlas en el cementerio.

Le llegó el día de la muerte a don José María Vigil. En su lecho de agonía, uno de sus mejores amigos, don Federico Gamboa –el celebrado autor de “Santa”–, le preguntó si quería confesarse, comulgar y recibir los santos óleos. Se lo preguntó con cautela, y aun con cierto temor, pues el señor Vigil había pertenecido siempre al liberalismo radical.

-Sí quiero, –aceptó él–. Pero con dos condiciones: que el sacerdote que venga sea mexicano, y que no sea jesuita.

Los dos deseos le fueron obsequiados, y don José María se fue al Cielo, no tanto por la confesión de sus pecados –si acaso los tenía eran veniales–, sino porque fue siempre, como dije, hombre bueno. Eso es lo que a fin de cuentas salva.