El hombre es alto y es membrudo. Tiene cara grande, bigote espeso, tez rubicunda y una gran testa cubierta por profusa mata de cabello entre castaño y rojizo. Su cuello es de toro; sus espaldas, anchas; sus piernas son cada una un recio tronco.

Luchó contra los hacendados este hombre, y ahora es hacendado. Su hacienda es grande y buena; cuenta con muchos modernos adelantos: tractores; máquinas para desgranar maíz y para moler el nixtamal de las tortillas. Hay una gran troj que en tiempos pasados fue la iglesia: de vez en cuando la troj se convierte otra vez en templo, pues el hombre hace que venga un sacerdote a decir misa.

La gente del hacendado está contenta. Les hizo casas; les construyó una escuela a la que él mismo puso nombre: “Felipe Ángeles”. En la hacienda hay carpintería, fragua, rastro, zapatería, tienda que vende las cosas muy baratas, y hasta un banco que presta dinero a bajos intereses. En todo ha pensado este hombre para hacer que la vida de su gente sea mejor.

Anduvo en la Revolución, pero no gusta de hablar de ella. Cuando alguien le pregunta por sus días de revolucionario tuerce el gesto, su expresión se endurece y cambia de conversación. De lo que le gusta hablar es de las cosas de la hacienda: del tractor que acaba de comprar; de nuevas variedades de semillas; de los cultivos que va a emprender o de la crianza de animales. Sabe mucho de cabras y de vacas, pero de lo que más sabe es de caballos. Cuando mira uno bueno se le abrillanta sus pequeños ojos; examina muy bien al animal; pondera sus cualidades y señala con tino sus defectos.

Y de otro tema gusta hablar: de su niñez. Evoca sus días infantiles (no los de su juventud). Cuenta sus travesuras de chiquillo; las celebra con grandes carcajadas. Luego se pone triste, pues recuerda a su madre. Una noche, hablando de ella, empezó a llorar. Grandes lágrimas le corrieron por las mejillas, que enjugó con su rojo paliacate. Y no había tomado ni una copa; ni siquiera una cerveza.

Es muy extraño este hombre. Prohibió que se suspendieran las clases en su escuela con motivo de la Semana Santa, pero llegado el viernes hizo que los profesores sacaran a los niños de las aulas y los formaran en el patio. Ahí les habló.

–Hoy es el día de la muerte de Jesucristo –dijo–. Murió por rebelde. No crean ustedes en ese Cristo que la iglesia pinta: manso, débil y humillado. Cristo era fuerte y valiente. Caminaba con la cabeza alzada, y miraba siempre hacia adelante. Decía que no debemos mirar nunca pa’ trás. Así caminen ustedes, niños: con la frente levantada y mirando no al día que se fue, sino al que viene.

A este hombre le da vergüenza no saber muchas cosas. Secretamente mandó pedir a Chihuahua una obra que le dijeron contiene mucha sabiduría. Cada noche, en la soledad de su cuarto, abre uno de los 20 tomos en que esa obra está dividida y lo lee durante horas. Escribe con mano torpe algunas notas en un cuaderno escolar, y al día siguiente llama a los profesores de la escuela y se divierte echándoles “toritos”, es decir, haciéndoles preguntas sobre lo que leyó la noche anterior en uno de los 20 tomos de esa colección cuyo nombre es “El Tesoro de la Juventud”.

Este hombre del que estoy hablando es Pancho Villa. Lo que conté está en un libro que escribió uno de los maestros que trabajó en la escuela de Canutillo.