Decía Luis XV, el “rey Sol” de Francia: “Cada vez que proveo una plaza vacante, creo 100 descontentos y un ingrato”. Tal vez de atávicos designios o de bíblicos castigos la confianza en el ser humano tiene su némesis en la ingratitud.

Para los estudiosos del tema: “La ingratitud es una forma de indiferencia y desprecio. Un egocentrismo tan exagerado que nos hace olvidar a aquellos que nos beneficiaron, que estaban con nosotros, que nos ayudaron. La ingratitud no reconoce el mérito de los demás o los favores que recibe, al contrario, los ignora. La ingratitud es una forma de egoísmo”.

No encontraremos un sólo origen de la ingratitud, ya que puede provenir de una mala educación, una actitud de arrogancia, un sentimiento de rencor o envidia, o simplemente es la expresión de un estado de ánimo, lo cierto es que ante el proceder de un ingrato se produce frustración o incluso una herida emocional en la persona ofendida.

Es una amnesia, pero esta es del corazón. Bajo la enseñanza ancestral de tener agradecimiento con nuestros benefactores, la conseja popular era mostrarse agradecido y procurar recompensar el apoyo bien recibido.

Los modernos tiempos olvidan el elemento, y la medida del agradecimiento es por unas horas o tal vez inexistente.

Una fábula da cuenta precisa de la medida de lo que comento: “A cierto lobo glotón se le atravesó un hueso en la garganta mientras comía. Viéndose en semejante apuro, rogó con mil promesas a una cigüeña que se lo extrajera. Oye –le dijo–, tú que tienes un pico tan largo, bien podrías quitarme este hueso que me ahoga. Hazlo por favor, que yo recompensaré tu servicio. Enternecida la cigüeña por los ruegos del lobo y confiada en sus promesas, le sacó el hueso con suma habilidad; luego, terminada la operación, le pidió el pago de sus servicios, a lo cual el lobo mostrándole los dientes contestó: ¡Cuán necia eres! Después de que he tenido tu cabeza entre mis dientes, ¿aún me pides premio mayor que el perdonarte la vida y dejarte libre para contar que pusiste tu vida entre mis dientes? Ante la insólita respuesta, para evitar mayores desengaños, se marchó la cigüeña sin decir nada”. Vaya cosa.

Decía Plutarco que: “hacerle un favor a un ingrato es como perfumar un muerto”. ¿Por qué hacemos favores? Simple es la respuesta: debido a nuestra naturaleza de ser solidarios, gregarios y educados en esa ecuación, que a la par de nuestros sentimientos de fraternidad nos destinan a hacer el bien sin mirar a quien, como designo bíblico aunque con medidas señaladas por el redentor de la humanidad.

Los españoles aportan los dichos: “El hacer bien a villanos es echar agua en el mar. “De beneficios salen ingratos; y de caídos, avisados”; “No hay fiera más fiera que el que ingrato sea”; “A gran solicitud, gran ingratitud”; “Dale a comer rosas al burro, te pagará con un rebuzno” y “Haced fiestas a la gata, y saltaros a la cara”.

Otros refieren que al ser algo propio de la naturaleza humana –responder con mal cuando se recibe bien–, aquellos que pierden su fortuna y ven alejarse a quienes hasta ese momento los adulaban, aprenden a no fiarse de falsos amigos y aduladores en el futuro. Enseña que el peor vicio del ser humano es la ingratitud, que nos sitúa al nivel de cualquier fiera sin raciocinio.

Pero tiene antídoto: cultivar una actitud de gratitud se ha relacionado con una mejor salud, un sueño más profundo, menos ansiedad y depresión, una mayor satisfacción a largo plazo con la vida y un comportamiento más amable con los demás. Un estudio del Dr. Tierney muestra que sentir gratitud hace que las personas sean menos agresivas cuando son provocadas. De tal manera que la gratitud es una emoción de amistad, es parte de una relación que hace que las personas eleven su estimación de cuánto son valorados por otros. La gratitud es lo que ocurre cuando alguien hace algo y entonces usted se da cuenta de que le importa más a la persona de lo que creía, sin llegar a la vanidad.

Gratitud se convierte en vocación y manera de una mejor convivencia en estos tiempos del arrase en el que el criterio revierte la conseja: “Acogí el ratón en mi agujero y volvióseme heredero”. ¡Suerte!