Mis amigos de The Movie Circle, club de cinéfilos en Nueva York, me consiguieron finalmente una película que tenía tiempo yo de andar buscando sin hallarla. Hablo de “Canción inolvidable” (“A song to remember”). Filmada en 1945, fue una de las mejores de ese año. Obtuvo seis nominaciones al Oscar, entre ellas una a la mejor actuación masculina.

El film trata de la vida de Chopin. El papel del artista fue interpretado por Cornel Wilde, quien salió airoso de la prueba, tanto que fue nominado al premio que antes dije. No era él, sin embargo, la figura principal de la película. El primer actor era Paul Muni, quien representó a Joseph Elsner, maestro de Chopin. La parte de George Sand, pareja sentimental del compositor, estuvo a cargo de Merle Oberon. Actriz de exótica belleza -nacida en Tasmania, fue hija de padre inglés y madre ceilanesa-, hizo de aquella mujer con nombre de hombre la perfecta villana de la trama. Por cierto, Merle Oberon vivió en México desde 1957 hasta 1973.

Paul Muni fue un brillante actor. Se especializaba en dar vida en el teatro o en el cine a grandes personajes de la historia. Aunque no me lo creas hizo una película sobre la vida de don Benito Juárez. También representó los papeles de Pasteur y Zola. A mi juicio, sin embargo, su mejor actuación la tuvo en “La buena tierra”, cuyo argumento es el de una novela de Pearl S. Buck, Premio Nobel de Literatura, acerca de la vida de un campesino en China. La caracterización de Muni fue verdaderamente extraordinaria. Yo vi esa película en el Cinema Palacio, quizás a fines de los años cuarentas, y no olvido la emoción que tan perfecta obra me causó.

“Canción inolvidable” está llena, claro, de buena música. Cornel Wilde -su nombre verdadero era Cornelius- se la pasa tocando el piano todo el tiempo. No es el actor el que tocaba, claro, sino uno de los más populares pianistas de aquel tiempo: el español José Iturbi. La vida de Chopin es narrada desde que el músico era niño prodigio hasta su muerte. Por la película desfilan otros notables personajes contemporáneos de Chopin: Paganini, Liszt, Balzac, Alfredo de Musset, Pleyel y otros.

La escena cumbre del film, la que se graba indeleblemente en la memoria, es aquella en que Chopin está tocando un recital, enfermo ya irremediablemente de tuberculosis, y una gota de sangre cae sobre las teclas blancas de su piano. De gran efecto es esa escena, que me hizo ahora recordar a Pablo Valdez Hernández, el inmortal compositor de “Sentencia”, “Conozco a los dos” y otras canciones igualmente imperecederas. Cuando se exhibió aquí “Canción inolvidable” Pablo fue a verla, por supuesto. Después alguno de sus amigos le preguntó:

-¿Qué te pareció la película, Pablito?

-¡N’hombre! -respondió él todavía impresionado-. ¡Dos, tres pianazos y el chorro de sangre!

No había sido chorro de sangre aquél, sino apenas insinuativa gota, pero la ardiente imaginación de aquel apasionado artista que fue Pablo convirtió esa gotita solitaria en sanguinosa catarata.

Cine de ayer… Nostalgias de aquel Saltillo del Cinema Palacio, nostalgias que me ponen a buscar películas que ya se ven únicamente en el recuerdo.