Hacía tiempo que quería hacer algo sobre el tema del suicido, no sabía qué y mucho menos cómo.

Y se ha escrito tanto sobre el suicidio.

Fue el año antepasado, cuando el fenómeno comenzó a hacerse más visible, y como hemos visto, sigue repuntando.

Entonces se me ocurrió conseguir en el Centro de Información del periódico las direcciones de los familiares de las personas que habían, en 2017, decidido escapar por la puerta falsa, como llama al suicidio la prensa de sucesos.

Con los domicilios en mano, eran algo así como 80 y algo, y luego de darle vueltas y vueltas al asunto, tuve una idea.

Iría con los parientes de los suicidados y les pediría, de la manera más solemne y respetuosa, que me dictaran, desde el fondo de su alma, una carta para su familiar.

Y empecé a recorrer la ciudad, de cabo a rabo, de la ceca a la meca.

Pos nada oiga, que nadie quería participar en el ejercicio.

No digo que la gente se portara grosera conmigo, al contrario.

Recuerdo que nada más dos familias me echaron de mala gana.

“Retírese por favor”, “no nos interesa”.

Dos, de los 47 domicilios que visité. 

47, en menos de una semana.

Le confieso que estuve a punto de tirar la toalla, de claudicar, de dejarlo todo, de desistir.

Al final logré que seis familias, seis, se animaran a expresar a cuadro sus sentimientos tras las partida voluntaria, la fatal decisión, como dice la prensa roja, de sus seres queridos.

Seis solamente, pero eran demasiadas, como oro en paño.

Una joyita.

No sabe cuán interesante fue esa experiencia.

Saber que las familias de los suicidados huyen del barrio por temor a ser señaladas.

Que no aceptan ayuda psicológica.

Y que están resentidos con los medios por el trato que dieron a sus muertos.

“Ustedes pusieron que mi familiar andaba drogado cuando se mató”, me dijo una madre.

Sin duda un hallazgo sociológico relevante.

Pero lo que más me llegó fue la historia de un don que me contó de su hijastro, un adolescente al que había criado desde niño y que en la víspera de su suicidio había decidido llamarlo papá en señal de agradecimiento.

“No alcanzó a decime padre”, decía aquel hombre y lloraba desconsoladamente.

La verdad a mí el pecho se me apretó y se me aguaron los ojos.

Entonces pensé que mi idea y el esfuerzo de realizarla habían valido la pena.   

Sí.

Todo está en atreverse...