ESMIRNA BARRERA
Ayer recordamos a nuestros padres, pero sería prudente que todos los días pensáramos en la manera en que los honramos

A la memoria de mi padre.

Casi 7 años de tu presencia ausente, pero todos los días me habitas: en lo cotidiano, en mis pensamientos, en mi corazón.

Ayer, que se conmemoró el Día del Padre, de nuevo sentí la abundancia de su generosidad, recordé su laboriosidad, su rectitud, integridad y bondad. Indudablemente, la mayor herencia que mi padre me dejo fue su ejemplo de ser una persona de bien sin temer al sacrificio; su testimonio de amor, respeto, solidaridad, me enseñó a ser parte de la gran familia humana y me dejó el compromiso de heredar a mis hijos sus enseñanzas.

Dicen que el tiempo todo lo cura, yo diría que casi todo, pues jamás termina de sanar la herida que provoca la partida de un padre, tampoco la ausencia de una madre.

Para los que vivimos en orfandad el ejemplo de vida de los padres siempre está presente, su muerte nos enseña que todo lo vivido con ellos se transforma en sacramento. En nosotros permanentemente habita la presencia de lo inevitable, pero con su partida esta realidad se hace más presente, haciendo cotidianamente evidente nuestra fragilidad humana y la caducidad de la existencia.

NUNCA…

Martín Descalzo solía decir: “nunca he tenido miedo a la muerte. Y esto no sólo porque tengo fe, sino también porque me he acostumbrado a vivir con ella en casa. Sé que ella anda en zapatillas por mis habitaciones, amiga y compañera, ya no amenaza, sino es acicate. Y su recuerdo me sirve para darme más prisa a vivir”. Es cierto, así como el amor es una fuerza misteriosa que nos impulsa a crear, a vivir y convivir, la muerte nos invita a pensar que hay que aprovechar la existencia al máximo, porque nadie tenemos asegurado el siguiente segundo, ayuda también a establecer prioridades, nos obliga a obtener el mayor provecho del tiempo, a darnos prisa por vivir a plenitud, a disfrutar también de las cosas buenas que nos brinda la existencia, sabiendo que al final “también seremos juzgados por los placeres lícitos no gozados”.

POSIBLEMENTE

La muerte camina en puntillas, silenciosa suele arribar; así camina entre nosotros tal vez para sorprendernos, o quizás para recordarnos que el dinero y el poder son totalmente efímeros e insignificantes; lo cierto es que, ante ella, no hay respuestas sólo preguntas esenciales que permanentemente quedan sin resolver, sólo subsisten cuestionamientos incontestables que se escurren como lágrimas dolientes, ardientes, como esa tristeza que derramamos los que nos quedamos al caminar las ausencias entre valles y cañadas, para entonces llenar el vacío de aquéllos que se nos han adelantado. 

En todos los hogares hay vacíos, en todos los corazones humanos hay ausencias. Dios, con su majestad y potestad infinita, se lleva a la vida eterna a seres queridos, a seres amados, para dejarlos más presentes entre nosotros, para hacerlos más padres, madres, abuelos.

Posiblemente, Dios no se lleva a los seres amados, más bien lo trasciende en nosotros, los transparenta entre los suyos.

Dios, que nos brinda primero la vida terrenal, el don de ser y luego nos regla la eternidad donde nuestros actos de amor por siempre harán eco. Él, que nos concede talentos y cualidades para que florezcan en el jardín de la vida, también nos promete la luminosidad de las estrellas, el esplendor de la luna llena; también, en su generosidad, nos obsequia los momentos vividos, la existencia misma que un día habrá de culminar; pero, para los creyentes, este es el camino que nos conduce a su presencia, por ello creemos que en tumba no muere la vida, sino muere la mismísima muerte.

MIRAR LAS ESTRELLAS

Siempre la separación física es tremendamente dolorosa, es tormentosa. La muerte, en el plano humano, nos hiere y atormenta al saber que ya no habrá más miradas, ni besos, ni bromas, tampoco la posibilidad de compartir esa cerveza helada los sábados en mediodía, que no habrá más la oportunidad de convivir físicamente. Esta inevitable e innegable realidad, debería hacernos reflexionar sobre el verdadero propósito de la existencia, hacernos comprender que nuestro tiempo es limitado, finito, irrecuperable y entonces descubrir el sentido y vivir apasionadamente los anhelos e ideales que alguna vez soñamos y encender nuestra capacidad de amar y contemplar, y de esta manera, empeñarnos a mirar más seguido las estrellas.

EN EL FONDO

Es cierto, cuando un padre o una madre muere, pareciera que todo lo suyo, lo vivido, por una inaudita alquimia se vuelve sacramento. Gracia.

¿Por qué sacramento? Debido a que “un sacramento es todo, cuando se lo contempla a partir y a la luz de Dios: el mundo, el hombre, cada cosa, señal y símbolo de lo transcendente”, en este caso de la madre o padre ido, doble es el dolor, pero también dobles son los recuerdos que reviven sus presencias.

En el libro “Los Sacramentos de la Vida” el teólogo brasileño y fraile franciscano Leonardo Boff explica magistralmente esa transfiguración: “En el fondo del cajón se esconde un pequeño tesoro: una cajita de cristal con una pequeña colilla; de picadura y de humo amarillento como las que se suelen fumar en el Sur del Brasil. Hasta aquí nada nuevo. Sin embargo, esa insignificante colilla tiene una historia única. Habla al corazón. Posee un valor evocador de infinita añoranza. Fue el día 11 de agosto de 1965 (…) El cartero me trae la primera carta de la patria. Llega cargada de nostalgia abandonada por el camino recorrido. La abro ansiosamente. Escribieron todos los de casa; parece casi un periódico.

Flota un misterio: ‘Estarás ya en Múnich cuando leas estas líneas. Igual a todas las otras, esta carta es, sin embargo, diversa de las demás y te trae una hermosa noticia, una noticia que, contemplada desde el ángulo de la fe es en verdad motivo de alborozo. Dios exigió de nosotros, hace pocos días, un tributo de amor, de fe y de embargado agradecimiento. Descendió al seno de nuestra familia, nos miró uno a uno, y escogió para sí al más perfecto, al más santo, al más duro, al mejor de todos, el más próximo a Él, nuestro querido papá (…) De la turbulencia de las lágrimas brotaba una serenidad profunda. La fe ilumina y exorciza el absurdo de la muerte’. Al día siguiente, en el sobre que me anunciaba la muerte, percibí una señal de vida del que nos había dado la vida en todos los sentidos, y que me había pasado desapercibido: una colilla amarillenta de un cigarrillo de picadura. Era el último que había fumado momentos antes de que un infarto de miocardio lo hubiera liberado definitivamente de esta cansada existencia.

La intuición profundamente femenina y sacramental de una hermana, la movió a colocar esta colilla de cigarrillo en el sobre. De ahora en adelante la colilla ya no es una colilla de cigarrillo. Es un sacramento. Está vivo y habla de la vida. Acompaña a la vida. Su color típico, su fuerte olor y lo quemado de su punta lo mantienen aún encendido en nuestra vida. Por eso es de valor inestimable. Pertenece al corazón de la vida y a la vida del corazón. Recuerda y hace presente la figura del padre, que ahora ya se convirtió, con el pasar de los años, en un arquetipo familiar y en un marco de referencia de los valores fundamentales de todos los hermanos. ‘De su boca oímos, de su vida aprendimos que quien no vive para servir, no sirve para vivir’. Es la advertencia que colocamos para todos nosotros en la lápida de su tumba”.

AÑORANZA

Ayer, los que estamos en la orfandad recordamos a nuestros padres, pero sería prudente que todos los días pensáramos en la manera en que los honramos; también, ante sus ausencias físicas, sería bueno reflexionar eso que Frankl sentenció: “La muerte como final del tiempo que se vive sólo puede causar pavor a quien no sabe llenar el tiempo que le es dado a vivir”.

Es cierto, todo lo vivido con papá y mamá, ante la separación, se transforma en sacramento; inclusive una “insignificante colilla tiene una historia única. Habla al corazón. Posee un valor evocador de infinita añoranza”.