Polly Adler, dueña de la casa de mala nota de mayor lujo y fama en Nueva York, se convirtió en una institución nacional. Era como una amable tía que tuviera amigas jóvenes y lindas cuyos favores podía conseguir en bien de sus sobrinos. El congal de Polly llegó a ser un lugar respetable, si cabe la palabra. Los padres de familia, preocupados por la iniciación sexual de sus hijos, los llevaban con Polly y los ponían en sus manos a fin de que tuvieran un buen principio en aquel aspecto tan importante de sus vidas. Polly conversaba con los muchachos como podía hacerlo una mamá o una abuelita; los tranquilizaba; les quitaba todo asomo de temor y luego a su vez los ponía en manos de alguna de sus muchachas, la que más comprensiva, tierna y dulce, la que mejor podía iniciar al nervioso chico en los misterios del amor, tal como se lee en la preciosa novelita “Dafnis y Cloe”, del griego Longo.

Narro todo esto porque en Saltillo hubo también una especie de Polly Adler, aunque sin lujos. Vivía esta señora, al final de los años cuarenta, en la calle de General Cepeda, para mayores señas entre Escobedo y De la Fuente. Vale decir, en mi barrio. Por eso supe yo de su existencia. Esta señora era casada, pero como si no lo fuera: igual se dedicaba a su trabajo. Tal trabajo era de cama. Su esposo lo sabía, pero estaba conforme con el oficio de su mujer, pues él no tenía ninguno aparte del de gastarse los dineros que cada día le daba ella. Salía el hombre a media mañana y no regresaba sino hasta en horas avanzadas de la noche. En ese lapso ella recibía la visita de sus amigos. La clave para llegar era sencilla, y ya la conocía todo el barrio. Tenía esa señora en su ventana lo mismo que se veía en muchas ventanas saltilleras: un caracol. Si el caracol estaba en la ventana eso significaba que el campo estaba libre; si la dueña de casa lo había quitado eso quería decir que había visita. Quien llegaba y no veía el caracol en la ventana se iba a la placita de San Francisco a oír las urracas, o a tomarse una cervecita en el estanquillo de Simón, y regresaba luego. Si el caracol ya estaba, el visitante tocaba la puerta. Si no, farfullaba una impaciente maldición y se apartaba otra vez con su rijosidad insatisfecha a cuestas.

Nadie, que yo sepa, se quejó nunca del giro de aquella señorona. Ninguna de sus vecinas le dirigía la palabra, claro, pero nadie se metía con ella. En el buen sentido, quiero decir. Todos le decían “La Emperatriz del Catre”. Con ese nombre se le conocía, al mismo tiempo majestuoso y de arrabal. Los domingos la señora descansaba de sus fatigas, y descansaba también el caracol. Ese día salía ella muy emperifollada, del brazo de su marido, como cualquier señora, para ir al cine. Quizá fue la primera mujer que en mi barrio se pintó el pelo. De rubio, color logrado seguramente con agua oxigenada, a la sazón el único tinte conocido. Al caminar meneaba las caderas con un movimiento que le hubiera envidiado un barco trasatlántico al abrirse camino entre las olas.

Una casa no es un hogar, solía decir Polly Adler al hablar de su casa de lenocinio. Con ese título publicó sus memorias. Ninguna de sí dejó “La Emperatriz del Catre”. Sólo este recuerdo mío, tan desilvanado. Sic transit gloria mundi.