En las últimas semanas me han llegado una gran cantidad de correos electrónicos de historias familiares alarmantes y terribles. Muchas de ellas provienen de familias estables, amorosas y unidas: “Quisiera gritar a los cuatro vientos lo que estoy viviendo y alertar a todos los padres y a todos los adolescentes de mi experiencia. Somos una familia que trabaja, unida y que sabemos dónde están nuestros hijos y con quién se relacionan. Y un día, de sopetón, te enteras de que está circulando un video con contenido sexual de tu hij@ de 14 años. Y ese día la historia cambió, te das cuenta de que esto es la punta del iceberg. Tu hij@ ha estado compartiendo contenido sexual por medios electrónicos por varios meses con personas del sexo opuesto con los cuales no tiene ninguna relación afectiva. A un grupo de amig@s se les ocurrió que era buena idea pasar del bullying verbal en la escuela con alusiones sexuales, a usar a mi hija como un objeto sexual y entre ellos jactarse de sus faenas, hasta que un día se les sale del control al empezar a compartir el contenido. Gracias a Dios que la descubrimos a tiempo y la estamos ayudando ya que tenía planes de suicidarse. Cómo quisiera que esos jóvenes tengan una consecuencia; y desde las autoridades escolares o los padres creen que esto es solo cuestión de niños.  La pregunta es: ¿A cuántos más le han hecho lo mismo? ¿A cuántos más le harán? ¿Quiénes los van a detener? ¿No entiendo cómo mi hij@ lo pudo hacer si somos una familia muy unida y con mucha comunicación?”.

Desafortunadamente, ninguna familia está libre de este tipo riesgos en sus hijos. Puede existir seguridad y amor dentro de la familia, pero hay una gran presión y situaciones desconocidas afuera que los padres muchas veces desconocemos. Los hijos pueden sentirse aceptados y reciben un amor incondicional en la familia, pero muchas veces la presión de afuera rebasa la protección que los padres hemos tratado de formar. Algunas nos aferramos que nuestros hijos son perfectos y no son capaces de cometer errores. Los padres nos podemos cegar y solamente ver lo positivo en nuestros hijos y cerramos los ojos a pequeños detalles que pueden alertarnos de lo que pasa con ellos. Todos los padres pensamos que nuestros hijos son especiales y esto puede impedir que veamos con objetividad sus conductas y desarrollo. Varios padres me comentan: “Jamás revisaré la recámara o las redes sociales de mis hijos porque esto significa que desconfío de ellos”.  Si ellos no tienen nada que ocultar, no deben tener ningún motivo para que los padres tengan las contraseñas de sus redes sociales, puedan ir a sus reuniones o eventualmente entren a sus recámaras para revisarlas.

El próximo año publicaré el libro La vida secreta de nuestros hijos donde compartiré decenas de historias reales y donde la mayoría de los padres no tenemos ni la más remota idea de lo que viven y sufren. La familia debe ser unida, con una comunicación abierta y donde el amor sea el motor más importante. Sin embargo, debe haber límites y vigilancia muy cercana en su escuela, compañeros, amigos y redes sociales. Sé que no es una tarea fácil y por ello debemos hacer aldeas con relaciones muy fuertes entre todos para el mejor bienestar de nuestros hijos.