Ya son varias veces que lo hacen. El jueves una veintena de lanchas rápidas con hombres encapuchados, presuntamente vinculados al crimen organizado, emboscaron y atacaron con bombas molotov un barco de la organización no gubernamental ambientalista Sea Shepherd en la que además de doce activistas internacionales, viajaban dos elementos de la Secretaría de Marina de México.

Los atacantes eran presumiblemente pescadores ilegales vengándose de que Sea Shepherd patrulle el Mar de Cortés para impedir sus actividades. La ONG utiliza drones para detectarlos y denunciarlos ante la Marina, recoge y decomisa las redes que dejan bajo el agua para pescar lo que está prohibido: totoaba, cuyo buche trafican hasta China donde lo venden más caro que la cocaína, pero las redes que utilizan atrapan también a la vaquita marina, hasta dejarla al borde de la extinción.

Los bucheros han secuestrado marinos, lanzado piedras y cocteles molotov contra embarcaciones oficiales y de ONG, han disparado. Sucedió desde el sexenio pasado y sigue sucediendo durante la actual administración federal. Actúan con tal impunidad que el ataque del jueves lo transmitieron en vivo por Facebook live desde una de sus lanchas rápidas. No hubo un detenido.

Los nuevos encargados de Semarnat, Conapesca y Marina no han definido qué van a hacer con ese problema. El impasse ha favorecido las actividades ilegales: hay más bucheros que nunca y hay más violencia que nunca en el Mar de Cortés. También hay más riesgo que nunca de que la vaquita marina se extinga (quedan como quince ejemplares) y el mundo anote otra vergüenza en el marcador de México.

Cómo es el destino. Mientras todo esto pasa en el Alto Golfo de California, antier, en el prestigiado festival de cine de Sundance, la película Sea of Shadows (Mar de sombras) recibió el Premio del Público al mejor documental extranjero. Tuve el orgullo de participar en él, en la investigación y denuncia de estas redes de corrupción y crimen organizado.

SACIAMORBOS

Séneca, desterrado de Roma por el emperador Claudio, se refería a las fábulas como escritos con la particularidad de florecer en los períodos en los que “los escritores carecen de la libertad necesaria para emitir sus pensamientos con absoluta franqueza”.

Y aquí estamos, dos mil años después, explotando el género no por carencia de libertad –al menos en mi caso–, sino como herramienta para sacarle unos pasos de ventaja a la realidad y exhibir las profundas contradicciones de nuestra política y sus protagonistas.

En los últimos meses usted ha leído en esta columna el serial “Este artículo es fruto de la insana imaginación del autor”. Textos que se tambalean entre la realidad y la ficción, en los que al teclear el punto final me parece haber redactado una historieta fantástica, pero resultan ser relatos bastante apegados a lo que ocurre en este país. Nunca los calculé como fábulas porque no imaginé moraleja, pero no pocas personas que amablemente los leyeron los ubicaron ahí.

Avanzada la serie, recibí un mensaje de Sabina Berman, quien por años ha fabulado con maestría a la política y a los políticos. Y que, encima, lo hace en el mismo periódico desde mucho antes que yo. Basta leer nuestras colaboraciones para identificar que lo suyo es de escritora y lo mío de reportero. Va un saludo desde aquí.

@CarlosLoret