La Navidad, lo decimos siempre, es un momento para atrevernos a mirar dentro de nosotros mismos y explorar nuestra esencia. Tal acción tiene al menos dos propósitos esenciales:

El primero de ellos es impedir que extraviemos nuestra propia naturaleza u olvidemos lo que nos hace humanos, es decir, lo que nos convierte en una especie distinta a todas las demás debido a nuestra capacidad de discernimiento y proclividad natural hacia el bien.

El segundo es identificar, con la honestidad que sólo concita el sabernos incapaces de engañarnos a nosotros mismos, las acciones que nos han desviado, en el ciclo que está por concluir, del camino al que nos empuja nuestra naturaleza.

A diferencia de otras Navidades, la de este 2020 constituye acaso una oportunidad única para realizar esta exploración a partir de una honestidad de la que probablemente no hayamos sido capaces en el pasado. La pandemia nos ha colocado ante una amenaza de tal magnitud que invita a reflexiones de otro tipo, de otro calibre.

Por primera vez en la historia de todas las personas que estamos vivas en este planeta, enfrentamos un desafío común que no está caracterizado por las acciones de otros seres humanos, sino por los “caprichos” de la naturaleza.

Así, la pandemia ha hecho evidente que las desigualdades a través de las cuales solemos construir las reglas de la vida cotidiana son sólo ficciones que nos hemos inventado para justificar los actos que nos alejan deliberadamente del camino al que nos invita nuestra esencia más íntima.

La pandemia nos ha hecho compartir el miedo, la angustia, la tensión que implica el temor a contagiarse, a desarrollar síntomas graves y, en el peor de los casos, a morir. Igualmente nos hace compartir el temor de que eso le ocurra a nuestros seres queridos. Se trata de sentimientos y sensaciones exactamente iguales en Tokio, Montreal, Santiago, Sídney o Saltillo.

Porque en todas esas, y el resto de las ciudades del mundo, habitan seres humanos que, con independencia de que hablemos diferentes idiomas, tengamos características morfológica de ciertas latitudes, nos suscribamos a diferentes creencias teológicas o nos identifiquemos con determinados colores, hemos sido moldeados con la misma arcilla.

Esta puede ser la más grande lección que nos permite aquilatar la circunstancia aciaga en la que nos encontramos y que hoy nos obliga a una Navidad atípica, aislados en nuestros domicilios y tratando de evitar al máximo el contacto con otras personas.

No es, en ese sentido, la Navidad que quisiéramos, pues en esta el contacto físico representa la mejor manifestación de empatía, afecto y amor por nuestros semejantes. Puede, sin embargo, ser la mejor Navidad en términos de crecimiento interior y de lecciones aprendidas para el futuro.

Esforcémonos pues por aprovechar la oportunidad que ha puesto frente a nosotros este momento y aquilatemos la parte luminosa que tiene esta Navidad que se desarrolla en medio de un periodo de oscuridad.