Jacob, el posadero se rascaba la cabeza, tratando de encontrar una solución. Ya era tarde, su posada estaba repleta viajeros y de sus animales. Los cuartos estaban saturados de heno, paja y había excrementos por todas partes. Enfrente de él estaba una muchacha con un vientre tan voluminoso que anunciaba la inminencia del parto y junto con su marido le solicitaba un lugar para pasar la noche.

No hay lugar. No hay higiene suficiente ni privacidad para un parto —les decía, mientras aceleraba su deseo de ayudales—. Por fin se acordó que había un establo abandonado que, con una limpiadita, sería un lugar aceptable para pasar la noche (“y si se venía el niño, sería mas discreto y sin curiosos para un parto” pensaba).

José aceptó las razones e indicaciones para llegar. No necesitó de ningún ángel para ello como fue con los demás personajes y se apresuró a llegar al establo. Limpió la “improvisada posada” y puso su asunto en manos del ocurrente Dios, en Quién creía, pero no entendía Sus maneras de hacer las cosas. Desde entonces las posadas se hicieron importantes.

Los seres humanos tenemos dos clases de posadas: una externa donde nos reciben después de cada jornada y otra interior en la que acogemos a nuestra persona.

Todos los días vamos caminando y llegamos a diferentes posadas externas. La del trabajo, la de la familia, la de la escuela o la del barrio. Ordinariamente todas están llenas de gentes (y a veces de animales y paja y desorden y gritos y presiones) y somos afortunados si hay lugar ahí para nosotros; un lugar amigable, sereno y sin presiones.

En ninguna somos los dueños de la posada, pero podemos promover y colaborar una actitud de bienestar que genere la paz en esa posada.

La posada interior es la mas importante pero la menos atendida. Es el corazón y la cabeza donde hospedamos nuestros proyectos y sueños, nuestros íntimos amores y sueños, donde se reconoce el esfuerzo silencioso e ignorado, donde se nutren nuestras emociones y descansan los pendientes que nos agobian el presente y el futuro. Es la posada donde reside nuestra conciencia y nos acoge con benevolencia, es donde nace nuestra bondad y generosidad.

Paradójicamente a esta posada no le damos atención. No le quitamos las telarañas de los prejuicios y resentimientos que se anidan en sus rincones y enferman nuestras relaciones, no barremos la basura del egoísmo y del orgullo que estorban el amor y la generosidad.

Es tan ignorada nuestra posada interior que no nos damos cuenta de que está abandonada por nosotros mismos y que la angustia con que vivimos son los gritos con los que nos conmina a cambiar y empezar a generar la paz de nuestro corazón.

Entremos a nuestra posada interior, eliminemos todo lo que la contamines y empecemos a tomar en cuenta su luz y vitalidad que nacerá ya sin telarañas ni temores ajenos.

No importa que nuestra posada sea un establo, Jacob la recomienda como el mejor lugar para llegar siempre y cuando sea cálida y acogedora y se le de una “limpiadita”.