Foto: Cuartoscuro

Las mujeres ya aprendimos a organizarnos, a defendernos, a dar respuestas aun por encima de las instituciones de gobierno que teóricamente debieran protegernos, pero no ocurre así en todos los casos, y entre las razones para hacerlo destacan el que estamos enteradas de que tenemos derechos, de que pagamos impuestos, de que jalamos parejo y de que somos parte sustantiva de la misma sociedad. Pero no todo está hecho, hay miserias que persisten, hay inquinas que respiran, hay inequidades e injusticias que permanecen y que además se acentúan en detrimento no sólo de nosotras, sino de la sociedad misma. La violencia es una de esas lacras, la violencia específica hacia las mujeres por la sola circunstancia de ser mujeres y que se traduce en golpes, en trato despreciable o en muerte. Las cifras de feminicidios van al alza en México. Pero no basta con condenar los asesinatos brutales y hasta que en algunos casos los victimarios sean juzgados y condenados a prisión, hay más, pero mucho más que hacer para combatirlos de verdad, de raíz. Y ni siquiera es asunto de destinar recursos materiales y humanos, asegurados en los presupuestos de la federación o de los gobiernos locales, que por supuesto son importantes, pero está a la vista que no ha sido suficiente para detener a los criminales, cada vez más depravados y cínicos.

Necesitamos generar un cambio de cultura, de idiosincrasia, de visión y de entendido en torno a la concepción de feminidad y masculinidad, del RESPETO –así con mayúscula– que nos debemos, y esto tiene que generarse desde casa, desde la escuela, desde los medios de comunicación, desde las instancias gubernamentales, desde el sindicalismo, con carácter ineludible. La cuenta macabra del terrorismo machista es escalofriante, es un síntoma inequívoco de una sociedad enferma. No basta con contar a las asesinadas, se tiene que estremecer la conciencia de una población que ya se acostumbró a saber de los crímenes. Esto tiene que cambiar. Hombres y mujeres somos seres de igual valor. Y tener claro que pensar desde la diferencia de los sexos, porque es parte intrínseca de nuestra naturaleza, demanda entenderla y vivirla, pero no sólo en el discurso sino en los hechos, y esto nos lleva a formular un nuevo humanismo. Y no se puede ser humanista si se olvida a la mitad de la humanidad. Tienen que sumarse voluntades de hombres y mujeres contra los prejuicios que han contribuido a la generación del machismo, pero también de la sumisión supina de las mujeres a los varones, dos conductas absolutamente dañinas para la humanidad. Las mujeres tenemos mucho por conquistar todavía, no sólo para nosotras, también para nuestras hijas y nietas y, por supuesto, para nuestros descendientes varones. Armonicemos el futuro. Se trata de impulsar un movimiento social que provoque cambios de raíz. En el pasado se luchó por el derecho al sufragio y a la educación, sobre todo la superior, de las de nuestro sexo, se puso acento en la demanda de igualdad en el acceso y ejercicio de los derechos sociales y se enfrentó la desigualdad laboral, todavía inacabada, porque la discriminación en este ámbito persiste, pero si logramos cambiar la mentalidad, lo demás se vendrá en consecuencia.

El arribo de las mujeres a la vida pública, porque ya estamos en la política, en la ciencia, en la economía, en la academia y en el arte amerita un cambio revolucionario, un rompimiento de paradigmas y estereotipos que ya no sirven, que quedaron obsoletos para las necesidades que necesitan solventar las mujeres y los hombres de este siglo 21, y esto es insoslayable por la repercusión que tienen en la integración de la pareja y de la familia. El desafío cultural recae hoy sobre los varones. Necesitamos varones que se atrevan a ser padres, no sólo pareja. Se necesita, como expresa el economista y sociólogo español Manuel Castells, “renegociar el contrato de la familia heterosexual”. Y esto significa compartir los quehaceres domésticos, participación económica y sobre todo paternidad compartida al 100 por ciento. Y hete aquí, el desarrollo de un concepto distinto de masculinidad.

En los países nórdicos ya sucede así. Y funciona. Y algo digno de destacar es que ellos sienten que enriquecieron su identidad, a más de que han desarrollado otras destrezas y capacidades y, por supuesto, saberes. Hay muchos divorcios, mucho dolor innecesario en parejas que no alcanzan a vivir en esta paridad, en hijos que padecen la separación de sus padres y que es bien factible que repitan en sus relaciones de adultos el mismo modelo inservible. ¿Y por qué? Si hay otras alternativas. No más machos ni sumisas cargando un lastre de rencores y resentimientos, enfermos de desamor y de frustración.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.