El asesinato de Álvaro Obregón cometido por José de León Toral es uno de los hechos capitales de la moderna historia mexicana.

Siempre me preguntaba yo qué sintió el homicida, hombre muy religioso, de vida buena, cuando dio muerte a Álvaro Obregón. Pues bien: he aquí un interesante texto que encontré escrito de propia mano por el asesino de Obregón. Respeto la ortografía del texto.

“... Yo me preparé durante diez días, porque el siete me decidí y el diecisiete consumé el acto; y no faltó uno en que no oyera misa y comulgara. Esas misas y esas comuniones las ofrecía por el señor Obregón, para que en su última hora Dios le tocara el corazón. Yo no quería, ni menos buscaba la condenación de su alma; nada más quería la separación del cuerpo y de su alma, es decir, la muerte del cuerpo, no la del alma. Le pedía a Dios en esos días, que le tocara el corazón; es decir, que no se fuera a condenar por las faltas que pudiera haber tenido, porque nadie puede ocultar el interior, por más que supongamos que no lo ponga aquí como un hecho, pero supongamos que él debiera cinco o diez muertes; naturalmente, si no se arrepentía, iba al infierno. Yo quería que en el momento de su muerte, en el último extremo, se arrepintiera puesto que, con arrepentirse, basta para que se salve el alma, por más pecadora que sea.

“De manera que yo le pedí a Dios esto: ‘Que se salve; muévele el corazón’, y le pedía una señal. Le decía: ‘Que un balazo le llegue al corazón’, porque yo no tenía la seguridad de atinar, no sabía, pero le decía: “Que uno de mis balazos le toque en el corazón, y que ésta sea la señal de que se ha arrepentido, de que Tú le has tocado y le has perdonado’.

“Cuando supe que dos de mi balazos le dieron en el corazón, fue una impresión la que tuve hermosísima; un consuelo tremendo. Ni antes ni después de darle muerte, ni en el momento de dársela, dudé de que Dios lo había tocado y se había salvado; pero ahí ya tenía, puede decirse, una prueba material, aunque no me crean algunas personas -ustedes creo que sí- pero aunque no me crean algunas de las aquí presentes, yo digo con toda la verdad, que todas las oraciones, desde que estoy preso, y todas las oraciones que se hacen por mí, por algunas personas que me han dicho que se están haciendo por mí, todas ellas las ofrezco por el señor Obregón. Mi vida, anticipadamente, se la ofrecí ya a Dios, más bien dicho, y estoy seguro de que ya lo aceptó. Cualquier género de muerte que yo tenga, será por el señor Obregón. Pues si no otra cosa trataba yo al irme a meter a “La bombilla”, de donde esperaba no salir con vida.

“Fue un milagro que haya yo salido con vida, no por otra cosa, sino por lo siguiente: Consta que muchos de los comensales, cuando se dieron cuenta de aquello, sacaron inmediatamente sus pistolas e iban a dar cuenta de mí; pero hubo quien me defendiera. Yo digo: ¿cómo es posible que pasando aquella tan rápidamente, hayan pensado, y según entiendo, no una, sino varias personas, en defenderme? Claro que lo hacían por averiguar quién me había enviado y para saber todo. No por salvarme la vida, pero, ¿cómo es que se les ocurrió tan pronto? (...) Se estaban disparando todavía los tiros, cuando oí: ‘¡No lo maten, no lo maten!’, de manera que yo considero eso como un milagro, y creo que todos ustedes también lo considerarán como anormal. No sucede todos los días. Así es que yo ya había ofrecido la vida, es decir, estaba seguro de hacer el viaje con él; que Dios lo tocaría y que iba a una vida mejor como es el Cielo”.


Armando FUENTES AGUIRRE
‘Catón’ Cronista de la Ciudad
PRESENTE LO TENGO YO