El éxito del café es su componente primigenio: la cafeína.

¿Cuál es su café preferido estimado lector? ¿Acaso eso llamado “americano”? Tal vez el duro y fuerte, el expreso. O bien, el capuchino. Tal vez el clásico, el café con leche. O esa taza a la cual le nombran arte: el arte del café latte. A una taza de expreso se le va agregando leche caliente la cual en manos de  profesionales, forman abigarradas formas, geometría o decoración en su taza, lista para disfrutarse. El éxito del café es su componente primigenio: la cafeína. Y cafeína tiene el té, los refrescos de cola –de los cuales igual, me considero devoto– y ahora luego de ser introducidos en el mercado americano, las llamadas bebidas “energizantes.” La más famosa y de amplia venta es “Red bull.” No por algo su publicidad sigue siendo, “Te da alas.”

Es la droga psicoactiva más popular del mundo. Está permitida legalmente y se vende en todo lugar: es la cafeína. Y la cafeína, un buen café, a todo mundo ata. El café sirve para mitigar la fatiga, nos mantiene alertas y si su usted va a trabajar de noche, ayuda a la vigilia. Ayuda y contribuye a mantenerse despierto en un mundo que no, ya no duerme. Nuestros hábitos han cambiado, todo ha cambiado. Los historiadores cuentan que en el siglo VI a de C., el filósofo oriental Lao Tsé, el padre del tao, recetó a sus discípulos el beber infusiones de té, para mantenerlos alertas y predispuestos a su nuevo doctrina-religión. Lo logró.   

No es coincidencia, sino plan y descubrimiento, dice el escritor T.R. Reid, que el café y el té se pusieron de moda en Europa justo cuando las primeras fábricas y manufacturas marcaban el génesis de la era industrial. Es decir, el cambio de los hábitos del campo y la granja (trabajar únicamente de día, sin reloj y sí con el horario natural) por la factoría en las ciudades (se marca el tiempo con horas y reloj, inicia el trabajo nocturno merced a la luz eléctrica y empieza a desaparecer la noche como tal) donde el consumo de té y café fue el detonante para mantenerse en vigilia: trabajadores despiertos, con los ojos como platos. 

Desde entonces, el café, las cafeterías forman parte de nuestro ser y esencia. Hoy incluso, con el advenimiento de la red de redes llamada Internet, a esos establecimientos donde en muchas de las ocasiones ni lo hay, se les llama “Café-Internet.” El ordenador ha venido a despersonalizar la vida, ha venido a trastocar los sentidos y la rutina cotidiana. Antes, mucho antes de todo esto y luego de la jornada laboral, se asistía al café, a la cantina, al restaurante, para discutir y comentar lo más granado de la agenda diaria; hoy, se enciende la computadora y se “visitan páginas” interminables de información huera: basura cibernética.

En la cafetería de la esquina y con un buen café negro de por medio (el grano no debe de estar ni muy tostado por su fineza, ni dejarlo en grano rudo), no pocas veces tejemos nostalgias; en la mesa vecina, cuatro caballeros tal vez estén conspirando; en la mesa de allá, una dama hila sollozos y recuerdos; en el rincón, un escritor solitario masculla los versos que tal vez no verá publicados, pero que los escribirá con la misma garra y pasión diaria por un motivo, es su misma vida. Usted lo sabe, tiene tanta influencia el café en nuestra historia, que en “Las Mil y una noches”, ese otro Corán de oriente, al deleitarse con su infusión en una noche, se cuenta que el mismísimo Mahoma recuperó tal vigor y audacia, que desarmó él sólo a 40 hombres y claro, pudo hacer “felices” a 40 mujeres (número cabalístico, usted lo sabe, por excelencia en la Biblia y el Corán). Caramba, un semental este profeta.

Mi vida transcurre diario entre paladear y disfrutar café y Coca-Cola. En ocasiones, me preparo un “campechano” de ambas bebidas. Es una especie de tónico. En las mesas lustrosas o mezquinas de cualquier café alrededor del mundo, se han tejido historias y vidas que son del dominio público. Usted lo sabe, J.K. Rowling, refugiada en una cafetería en la invernal y fría Escocia, y sólo con los centavos justos para disfrutar su café diario, desde su mesa pergeñó el más grande éxito editorial para niños y adultos: Harry Potter. El café es sociable por definición y esencia. No por algo, doña Florinda invitaba a su eterno enamorado, el profesor “Jirafales” a su casa a degustar una tacita de café… 

Volveré al tema.