Cuando termine esta pandemia enfrentaremos el reto que implica enderezar nuestra economía, pero hay otro que ya no podemos soslayar: sanar nuestra democracia y poner lo mejor de nosotros mismos, como mexicanos, para curarla de la inanición a la que la hemos sometido en perjuicio propio. La medición hecha por el Instituto para la Integración de América Latina y el Caribe, perteneciente al Banco Interamericano de Desarrollo (BID), antes de que iniciara el azote del coronavirus, vertió datos muy preocupantes respecto a la insatisfacción, entre otros aspectos, que tenemos los latinoamericanos –7 de cada 10 encuestados– del funcionamiento de la democracia en nuestros respectivos países. Un dato más, a un 28 por ciento de esta población nada le importa. La insatisfacción deviene del sentimiento de angustia de su situación económica personal. Creen que van a estar peor el año próximo y esto lo vinculan con el sistema político. Los gobiernos no van a poder contener en lo inmediato la sensación de la población respecto a su economía en crisis, pero sí un descontento mayor con el sistema democrático si actúan con inteligencia y, sobre todo, sin mezquindad.

Disentir es el alma de la democracia.
Thomas Jefferson.

Situándonos ya en territorio nacional, esto es explicable. El grueso de los mexicanos están convencidos de que lo público no es asunto suyo, y esto implica que muchos ni siquiera conozcan sus derechos, por ende, reclamarle a la autoridad no entra en su esquema, por eso está, como decía mi madre, acostumbrada a hacer “su gallo grande”. El pueblo de México no ejerce ningún control sobre los poderes del Estado y el producto de semejante abulia se traduce en autoritarismo, corrupción e impunidad, vergonzosamente institucionalizadas. Hay mucho coraje contenido, pero no están acostumbrados a decirlo. En la idiosincrasia del mexicano promedio no cabe la crítica al gobierno, disentir con éste no es parte de su formación, incluso para muchos es anatema.

Por ello necesitamos repensar y asumir una actitud distinta a la que estamos acostumbrados, frente al poder público. De nada sirve que la Carta Magna diga que el pueblo es soberano, si en la praxis no lo somos. Tenemos que aprender a interactuar con los gobernantes de manera diferente, por supuesto conforme a la ley, y también entre nosotros. Necesitamos aprender a disentir. No es delito discrepar de una opinión, posición o acción de una persona o grupo en aspectos comunes. Disentir es el reflejo de una condición inherente al ser humano: nacemos libres y vivir en libertad es consecuencia lógica. El derecho a pensar distinto está sustantivamente vinculado a los componentes de la democracia, es decir, al pluralismo, a la inclusión. La ley ampara el derecho a manifestar desacuerdo en el debate público porque es el que genera una sociedad democrática. Los seres humanos no fuimos hechos en serie, se nos dotó de inteligencia y libre albedrío, de modo que pensar distinto es consecuencia de. Disentir es un derivado del derecho a la libre expresión del pensamiento. Para el Premio Nobel de Literatura, don José Saramago, disentir es un acto irrenunciable de conciencia, y el disidente no debe ser visto como enemigo.

Es impostergable que evaluemos nuestra democracia, hagámoslo a título personal, pero también llevémosla al campo de la colectividad que conformamos. Ganémonos el derecho a disentir, ofreciendo propuestas que aporten a la solución de nuestros problemas comunes. Aprendamos a disentir con respeto y a respetar al disidente. Los males que tenemos, entendámoslo, no tienen que ver con ideologías políticas, sino con nuestras prioridades individuales, alineémoslas como mexicanos en pro del bien común. No es sano que polaricemos porque eso está deteriorando peligrosamente nuestro tejido social. Privilegiemos el respeto a las ideas, provoquemos el diálogo inteligente y constructivo, no la insana descalificación a priori.

No le permitamos a la intolerancia que impere, démosle sitial de privilegio a la cordura. No recurramos al insulto ni a la palabrería soez para manifestar nuestros pareceres cuando no compaginan con los de enfrente. Asimismo, no estar de acuerdo con el actuar de nuestros gobernantes y decirlo, no es delito, es la base de otros derechos y libertades. Y lo podemos expresar de diferentes maneras, desde las más tradicionales, como son cartas abiertas y/o desplegados o en asambleas públicas, en marchas y, en estos tiempos, a través de las redes sociales, pero siempre con educación y comedimiento.

No perdamos de vista que todos somos mexicanos.

 

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.