ESMIRNA BARRERA
Jamás debemos olvidar que siempre será una estupidez pretender tener razón cuando estamos cegados por la intolerancia

En memoria de mi primo Mauricio.

El lugar es tan antiguo como el ferrocarril, pero los protagonistas podíamos ser cualquiera de nosotros. La anécdota que hoy narraré, al ser anónima, es de todos, solamente la adecué para extraer lo mejor de ella.

SIGLOS

“La estación del tren estaba casi desierta. Era una de esas en las que aún se encuentra impregnado el olor de esa madera que huele a historia. Entrar en ese espacio era como suspenderse en otra época, como retroceder al siglo XIX.

Los pisos de madera sólida, la entrecortada iluminación que tímidamente se desprendía de unos fantasmagóricos faroles, los enrejados y hasta el viejo despachador, revelaban algo extraño, tal vez tiempo dormido. Olvidado.

El amplio andén no era la excepción. Las diez bancas de roble macizo, que invitaban a descansar la espera, también secuestraban siglos.

Una señora, que escondía las huellas de su quinta década bajo una sutil elegancia, arribó justo a tiempo para emprender su viaje, pero el despachador le informó que el tren que la llevaría a su destino traía retraso. La mujer se aproximó a la dulcería, ahí compró un paquete grande de galletas y un refresco dietético. Sin pensar mucho, se sentó en una de esas longevas bancas que ofrecían paciencia en la plataforma. Ahí, ya acomodada, sacó de su bolsa un libro y se dispuso leer para matar el retraso.

EL LADRÓN

En esos momentos un joven de apenas veinte años, de esos que llevan carcomidos jeans, mochila a cuestas, melena despeinada y que tienen el espíritu hinchado con expectativas de inéditas aventuras, se sentó en la misma banca, casi a su lado. El muchacho sacó del fondo de su chamarra un maltrecho mapa en el cual empezó a trazar líneas y números. La mujer ni siquiera notó su existencia, pues estaba cautivada en la lectura. La presencia mutua era recíprocamente ignorada, hasta que…

Pasarían tal vez diez minutos cuando un brusco movimiento del muchacho obligó a la mujer a desprenderse de la lectura, asombrada vio que el imberbe, sin decir agua va, se apoderó de un paquete de galletas que estaba sobre la banca. Pero sus ojos verdaderamente se le desorbitaron cuando el joven explorador, indiferentemente, abrió la envoltura de esas delicias para devorar, gustosamente, una de las galletas.

ATREVIMIENTO

La dama no lo podía creer, ¡que atrevimiento! ¡Eso era el colmo! Si por lo menos ese desgarbado muchacho le hubiera pedido la galleta, tal vez la cosa fuera diferente. Pero no, así de descarados y mal educados son los jóvenes modernos -pensó la mujer- al paso que maldecía a los progenitores del aventurero.

La mujer quiso recuperar su pertenencia. Haciendo acopio de las pocas pizcas de educación que aún conservaba, pero visiblemente enfadada, tomó -casi arrebató- del paquete una galleta, asegurándose que el descarado ladrón claramente se percatara de su gesto. A cambio, el joven tomó del paquete otra galleta y observando a la mujer con gentileza, sin dejar de sonreír se llevó a la boca el manjar.

La mujer, ahora visiblemente furiosa (el hígado le brotaba por su rostro), tomó otra galleta y esa sí se la comió de un solo mordisco, al tiempo que fijaba sus vidriosos ojos en el rostro del muchacho. Así continuó el encuentro, como si fuera una lucha campal para la señora: la dama y el muchacho se apresuraron a comer las galletas, como si se tratase de una competencia olímpica. Ella, cada vez más enojada; él, cada vez más sonriente. Esta situación se prolongó conforme las galletas, una a una, se acababan.

DESFACHATEZ

Pero todo tiene un final. Precisamente, cuando el paquete anunciaba la última galleta, la mujer pensó que el muchacho no iría más allá, pues ya era intolerable su desfachatez. Pero se equivocó. El joven, con la sonrisa de oreja a oreja, se apoderó de la “ultimísima” galleta, pero esta vez, la partió justamente por la mitad y amablemente le ofreció una parte a la mujer. Ella tomó la galleta ofrecida con una brusquedad manifiesta. Y el muchacho, sin dar tregua a su buen humor, simplemente le devolvió una amistosa sonrisa.

Al momento que paladeaba su parte, se escuchó la voz grave del despachador que anunciaba la partida del tren que correspondía a la mujer. Ella guardó con disgusto su libro, dejó la banca, y sin mirar más al terrible joven, abandonó el andén, pero en su mente aún retumbaba incansablemente un pensamiento: “¡Que desvergonzado mundo, que pésima educación existe hoy en día!”.

Desde el tren, ya en su asiento, divisó al joven que aún se encontraba en la banca y no desaprovechó esa última oportunidad para lanzarle una mirada avinagrada, ácida. El joven, por su parte, le regresó una luminosa mirada.

¡ERROR!

El rechinido de los entretejidos fierros del tren anunció su partida. La mujer, ahora con un sabor metálico en la boca, recordó que también había comprado un refresco. Entonces, apresuradamente, abrió su refinado bolso como queriendo por lo menos descubrir que su bebida no había sido hurtada, pero en el instante que introdujo su mano en el interior de su amplia bolsa quedó paralizada. Confundida.

Le costó tragar saliva, es más, casi sintió que la velocidad del tren la aventuraba al mismo infierno en donde ahora inequívocamente deseaba estar. Y no era para menos, pues en ese momento, precisamente, descubrió que su paquete de galletas, aún intacto, la miraba burlonamente desde el fondo oscuro de su bolso.

Desde ese instante ya no se atrevió a invocar al joven explorador, su disgusto se transformó en desdicha. Se sintió ridícula, apesadumbrada. Avergonzada.

A partir de ese día, esta mujer, lleva en la hondura de su alma una deuda que jamás podrá saldar; un gravamen que, desde entonces, frecuentemente le cobra el recuerdo de lo vivido en el viejo andén: haber prejuzgado, haberse dejado conquistar por el egoísmo. Saberse engañada por su propio ego, por su imprudencia y sin razón.

CUIDADO…

Esta anécdota exige preguntarse cuántas veces, aún sin quererlo, actuamos como la mujer del andén: con los prejuicios a flor de piel, apresurando decisiones, juzgando injustamente a otras personas por la edad, la vestimenta o el color de su piel.

Que lamentable: ¿en cuántas ocasiones nos hemos comido, hasta el hartazgo, las galletas de otras personas pensando que son nuestras? Y, peor aún ¿Cuántas veces que alguien ha tomado sus propias galletas, nos quedamos en la falsa creencia que nos han sido robadas, que impunemente hemos sido despojadas de ellas?

Estas circunstancias estrujan el alma. Estas creencias, estas sentencias, estas opiniones y presunciones obstinadas, los prejuicios infundados y recalcitrantes, tan comunes en estos tiempos en el que tendemos a trivializar la verdad, son sinónimos de discriminación e ignorancia y representan graves riesgos sociales cuando se tornan colectivos.

El gran peligro de los prejuicios propagados en una sociedad “desde arriba” y a gran escala (por ejemplo, cuando políticos desean ganar votos con ellos), generan desencuentros, fragmentación y odio; pues, al paso del tiempo, las personas son primero excluidas y luego perseguidas; solo basta recordar las innumerables guerras y exterminios que han generado los prejuicios.

Cuando las personas son tratadas de manera desigual, por ejemplo, a causa de su origen, género, edad, orientación sexual, preferencias políticas, condición económica, color de piel o religión, se le llama discriminación y esto puede suceder en un andén.

¿QUÉ NOS QUEDA?

Los prejuicios y estereotipos, conscientes o inconscientes, son excusas para deshumanizar y hacer invisibles a los “otros”, creando deudas eternas a quienes los generan, pues atentan en contra de la dignidad de las personas.

Requerimos prudencia intelectual y tolerancia en nuestros actos. Jamás debemos olvidar que siempre será una estupidez pretender tener razón cuando estamos colmados y cegados por la intolerancia.

Ante esto, ¿qué nos queda?... ¡Aprender a ser próximos, cordiales y recíprocos! Sabiendo que “el querer una vida auténtica para ti debe ser al mismo tiempo querer esa vida auténtica para el otro”.