Ya es costumbre y muy de la política mexicana, que los partidos de oposición se sientan tentados a unirse para enfrentar al partido en el poder, particularmente cuando éste es muy poderoso, con una fuerza desproporcionada que amenaza con limitar el ejercicio básico y fundamental de la democracia. Por el contrario, cuando el partido en el poder es débil, las alianzas amplias pierden atractivo porque resulta posible que un solo partido acapare todo el pastel, sin necesidad de compartirlo. “Entre menos burros, más elotes”. 

Desde que inició la alternancia en México, se dio entre PRI y PAN; o bien entre PRI y alguna modalidad más a su izquierda. El PAN solía tener mayor presencia en el norte del País, con alguna excepción como Yucatán. Las formaciones socialdemócratas tenían mayor visibilidad en el sur, lo más al norte que llegaban, era Zacatecas.

Procesar alianzas entre un partido de centro derecha como el PAN y las diversas expresiones de socialdemocracia, nunca fue cosa sencilla. Había resistencia tanto en las cúpulas partidistas, como entre los votantes. Si llegaban a salir airosas se debía al candidato, cuando su figura y nombre tenía mayor peso que los partidos coaligados. Entre otros, está el caso de Salvador Nava Martínez, en San Luis Potosí o el de Antonio Echevarría padre, en Nayarit.

En este juego, el poder de los gobernadores y los liderazgos locales cuentan mucho. Por ejemplo en 2010, con el PAN en el Gobierno federal, se formó alianza con el PRD para impulsar candidatos en Sinaloa, Puebla y Oaxaca. El PRI era el adversario común, con fuerza creciente gracias a su mayoría en la Cámara de Diputados y a la fortaleza casi ilimitada de sus gobernadores. Las alianzas resultaron gracias al liderazgo local fuerte de Gabino Cue en Oaxaca, Rafael Moreno Valle en Puebla y Mario López Valdéz en Sinaloa.

Las resistencias son obvias y comprensibles. Para los detractores de las alianzas resulta difícil asimilar la unión entre dos corrientes que tienen poco en común, sus propuestas económicas, políticas y sociales son muy diferentes. Anteriormente se argumentaba que antes de promover o materializar una alianza, debía quedar clara la agenda y las propuestas. Se temía que a la hora de gobernar todo resultara un galimatías. Las experiencias demostraron que ese temor carece de fundamento pues soslaya un hecho fundamental: la ingeniería constitucional mexicana está pensada para el gobernante en turno. Una vez en el poder, fueran o no en alianza, el que manda es el Ejecutivo federal, estatal o municipal. Tal vez algún partido aliado pueda reclamar y ejercer una especie de derecho de veto, de pataleo o de rompimiento, pero poco más. Ése ha sido el juego favorito del Partido Verde, cuando ve hundirse al aliado con el que “co-gobiernan”, saltan hacia una alianza con el que tomará las riendas.

Acordar agendas sería conveniente pero es ilusorio. La clase política no tiene grandeza de miras ni visión de Estado, vivimos una época de pragmatismo que obstaculiza privilegiar contenidos, ideas y proyectos de política pública. Todo es inmediato y fugaz, pasajero. Los temas y coincidencias serían muy limitados, no llegarían lejos, pronto tropezarían con los muros ideológicos y los intereses. 

Sugiero una ruta para enfrentar al poderoso Morena de López Obrador. El compañero de viaje en esta tarea sería el PRI, que repugna a tantos panistas y perredistas; y en el que muchos sienten animadversión hacia el PRD y el PAN.

Reconocer las diferencias ideológicas de cada grupo. No obstante, se acepta que hay algo que se debe de construir y salvaguardar antes, mucho antes de abordar las soluciones específicas que el País requiere. Esto se llama democracia, es el juego en el que se decidió jugar, al menos de dientes para afuera. En el juego los hay quienes son técnicos y honestos, pero también están los rudos y corruptos. 

Que los partidos se unan para derrocar a alguien que vulnera o pone en riesgo a la democracia, es positivo siempre y cuando su primer y casi único punto del orden del día, sea salvaguardar el sistema democrático y fijar las reglas que el sistema necesita para sobrevivir, esté quien esté en el poder. Una vez que haya unidad en torno al sistema de gobierno democrático y sus reglas, será entonces mucho más fácil discutir y procesar las diferencias de unos y de otros. 

@chuyramirezr
Jesús Ramírez Rangel

Regresando a las Fuentes