Con insana frecuencia, al enfrentar el diagnóstico sobre la calidad de nuestra clase política, debemos llegar a la misma desalentadora conclusión: todos sus integrantes, sin importar las siglas bajo las cuales se cobijen o los colores de sus vestimentas, están afectados de los mismos vicios y su conducta acusa las mismas desviaciones.

En otras palabras, quienes pueblan ese espacio de la vida pública destinado al ejercicio “profesional” de la política son esencialmente iguales y entonces, para todo efecto práctico, despliegan conductas agraviantes para la ciudadanía.

Tal diagnóstico lleva de forma irremediable a plantear, como recomendación universal contra la decepción, el no suscribirse de forma acrítica a un partido ni, mucho menos, convertirse en fan de un político, porque no existe en tal universo un agrupamiento capaz de presumir ser el acaparador de la decencia y los comportamientos deseables.

Además, esa es justamente la trampa a la cual nos han conducido por décadas, y con diabólica eficacia, quienes en México se dedican profesionalmente a la actividad política: “nosotros sí vamos a cumplir. Nosotros sí sabemos hacer bien las cosas. Nosotros sí somos decentes”.

Al final sólo queda un amargo sabor de boca y la dolorosa realidad de asumirse ingenuo por haber creído, por enésima ocasión, en la promesa de un político, sólo para terminar sentado nuevamente en la banca de los defraudados.

Ante tal diagnóstico más de una vez se me ha preguntado: y entonces, ¿cómo debemos proceder? Mi respuesta es una muy simple y terriblemente compleja a la vez: los ciudadanos debemos entender con claridad sólo una cosa: quienes detentan el poder público no nos hacen un favor cuando diseñan e implementan un programa orientado a la satisfacción de un derecho. Cuando hacen eso, apenas están cumpliendo con lo mínimo esperable de su trabajo.

En otras palabras, los ciudadanos debemos tener clara nuestra tarea esencial en la sociedad democrática: asumir una actitud de permanente exigencia hacia quien gobierna, sin importar el partido del cual provenga ni si depositamos nuestro voto a su favor, o no, en los últimos comicios.

Justamente eso, pero acompañado de una metodología específica, un discurso bien articulado y una hoja de ruta diseñada con precisión, nos lo está planteando hoy la agrupación política Nosotrxs, un colectivo dedicado a empoderar personas en todo el País para ayudarles a transmutar en ciudadanos de tiempo completo.

Bajo el lema “mi libertad comienza donde se une con la tuya”, Nosotrxs lanzó el domingo anterior “La Campaña que Falta”, una iniciativa consistente en una serie de acciones orientadas a incidir en el proceso electoral en curso, pero sin suscribirse a la campaña de ningún partido ni candidato.

Un dato importante a resaltar es cómo “La Campaña que Falta”, aunque no se alinea con ninguno de los contendientes tampoco está en contra de ninguno de ellos. Pareciera una contradicción pero dista mucho de serlo. Se trata más bien de un auténtico reto a la conciencia colectiva para asumir cómo por esta ruta se gana más.

El planteamiento de esta organización civil es sencillo: las personas, cualquiera que sea su condición, tienen derecho a la dignidad y esta sólo se alcanza cuando las instituciones públicas se encargan de su trabajo más delicado: construir las condiciones para garantizar a todo mundo el ejercicio pleno de sus derechos.

No es un movimiento estridente, porque no llama a votar por “X” o contra “Y”; no coloca etiquetas sobre “A” o sobre “B”, ni condena a ningún político por sus colores, por su pasado o por la trayectoria de quienes son sus compañeros de viaje.

No está, como se dijo ya, a favor de nadie, pero tampoco en contra de ninguno de ellos, porque el foco de atención no son los políticos ni los partidos, sino las personas y sus derechos.

Confundirse parece fácil, pero deja de serlo cuando enfocamos mejor la vista: el planteamiento de Nosotrxs está lejos, muy lejos, de la inocuidad. Más bien se trata, desde mi punto de vista, del discurso más revolucionario colocado sobre la mesa electoral en los últimos años, porque pone el acento no donde se necesita, sino allí donde fue arrancado por nuestra clase política.

La invitación, la provocación, es a invertir la ecuación imperante hasta ahora y según la cual, aunque los ciudadanos somos los mandantes, en realidad nuestros políticos se ubican sobre nosotros.

La invitación es a creérnosla, es decir, a apropiarnos de nuestros derechos, a decidirnos a defenderlos de forma intransigente –pero sin traspasar los límites legales–, y a entender cómo esa es la única ruta cierta para construir una sociedad auténticamente democrática, capaz de aproximarnos al paraíso de la igualdad.

Vale la pena, y mucho, asomarse a esta iniciativa y sumarse con entusiasmo a ella para caminar todos “en bola organizada” a la recuperación de nuestras libertades y derechos.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

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