El poeta Samuel Noyola. Imagen: Archivo.
En días pasados se estrenó el documental del periodista mexicano Diego Enrique Osorno, acerca de la pesquisa en pos del desaparecido poeta regiomontano Samuel Noyola. Por ello, más que un abordaje al perfil o la obra del autor de Tequila con calavera, la presente entrega busca pensar su cercana relación con autores de Coahuila; las expectativas de aquellas generaciones y su saldo final

El cuarto documental de Osorno, luego de El Alcalde (2012), La muñeca tetona (2017) y  El valiente ve la muerte sólo una vez (2019), es un registro más que notable, una suerte de vigoroso retrato colectivo y, sobre todo en su cierre, una muy sentida elegía.

Dice el autor de “El cartel de Sinaloa” que para poder perfilar esta búsqueda tuvo incluso qué tomar un curso como detective en la famosa agencia Pinkerton.

Como todo proyecto que ambiciona alcances a profundidad, Vaquero del mediodía surge de una pregunta muy íntima, de una conjetura personal ¿A dónde se fue el poeta? ¿Por qué desapareció? ¿Está vivo o está muerto? ¿Qué fue de sus últimos días?

Entonces, asistimos a ese hueco erguido hacia la década de los noventa: la ausencia repentina de una promesa incumplida; un poeta deslumbrante, polifacético, complicado y vital; aquel del que el mismo Octavio Paz se refirió como “el más brillante de su generación”.

Y es aquí donde Osorno empieza a hilar su tejido: las calles, los lugares, los libros, las anécdotas, la noche, la intemperie, la poesía. Entonces hablan los escritores de Monterrey y Coahuila, los amigos y compañeros, las amantes y los discípulos. Destacan las palabras de tres autores saltillenses: Marta Margarita Tamez, Armando Alanís y Jesús de León. Aparece en dos postales, en un remoto encuentro de jóvenes poetas, en una locación de playa, un jovencísimo Alfredo García Valdez.

Dos poetas en los extremos, Alfredo García y Samuel Noyola hacia mediados de los 80.

Su parte de noche

Pero más que el recuerdo a veces mistificado, la conjetura coyuntural, la memoria deformada por los afectos o la nostalgia, la parte más interesante del documental de Osorno es su pesquisa de la intemperie: esa cámara que acerca su ojo a otros perdidos y los equipara y los confunde, y surge de sus voces la historia de otras vidas abandonadas, de otras rutas extraviadas intempestivamente. En Noyola encarna el fantasma de la iluminación, la renuncia y la pendencia. Perviven en su ruta los ecos de otros artistas imantados hacia un arcano imposible: un joven Rimbaud huyendo de la civilización, la poesía y la razón hacia el oscuro corazón de África; el eco de los poetas Beats perdidos o muertos en México: el proverbial caso del Neal Cassady -hermanísimo de Kerouac- muerto entre las vías ferroviarias de Celaya, la madrugada del Día de la Candelaria de 1968, luego de un sobredosis y una juerga en un baile ranchero (Ver mi texto Dean Moriarty muere en San Miguel). Del mismo Mario Santiago, que según testimonio de  Villoro en el documental, bautizara al poeta Noyola como Vaquero del mediodía; atropellado absurdamente en una calle de la capital, y muerto antes de saber que sería el personaje central de los Detectives Salvajes, de la autoría de su amigo de la juventud, un tal Roberto Bolaño.

Noyola es el hombre fugado, el disuelto por propia elección o por un azar oscuro: rastro borrado en el  fragor de las ciudades. Una historia repetida, donde el genio, la muerte o el anonimato son reversos proporcionales. Noyola es Coltrane muriendo en México, es Hart Crane ahogado en el Golfo, Arthur Cravan disuelto en un viaje inacabado que había empezado en nuestro país. Es Lowry,  el viejo Bierce, es Greene, Lawrence o aquel olvidado vocalista mexicano de los Ángeles Negros; viviendo también sus últimos años de alcohol dentro de una combi parqueada.

Es Aleister Crowley buscando en México el espejo negro de Tezcatlipoca. 

Como parte de una legión, una genealogía de alucinados.

Otro poeta perdido en México. El Beat Neal Cassady, muerto en las vías de Celaya.

Civilización y barbarie

Decía Walter Benjamin que no hay documento de la cultura que no sea al mismo tiempo un documento de la barbarie. Y si en Noyola se dibujó el destino -primero luminoso- de la poesía cumplida, seguido de una vorágine enigmática ¿Cuál es ese entonces ese reverso de fracaso o barbarie?

No es el fracaso colectivo de aquella generación que -como todas- en contadas veces vio cumplidos sus anhelos de la primera juventud en una obra sólida o notable. Ni el alcoholismo o el aturdimiento de la decadencia física o la droga. Tampoco las musas que se volvieron senadoras por el PRI.

Me parece que ese reverso de barbarie del que Noyola pareció escapar era cierta miseria del éxito. Que hoy en el México actual, ser poeta implica casi siempre ser burócrata o becario profesional, de preferencia vitalicio. El poeta mexicano es becario. También su mujer. Y a veces hasta sus hijos. La poesía sirve -sobre todo- para ganar becas del FONCA ¿Cuántos libros medianos de poesía editó el FONCA? ¿Cuántas balas del narco compraron las becas del FONCA?

La barbarie sería ese fracaso vital de tantos y tantos jóvenes que leían a Trakl o a los poetas sandinistas y terminaron masticados por un gris engranaje, envejecida la pluma, como prologuistas de gobernadores o biógrafos de policías.

Sí, hay una sobreproducción en el tejido de Osorno -un cierto forzamiento en la figura del vaquero como arquetipo preferente del “escritor norteño”, un abuso de la música ambiental- además de cierta intención mistificadora. Pero también una búsqueda y una verdad.  Y muchas imágenes:

Esas voces hablándole a la noche. Aquella sombra disuelta entre el grano de una vieja videograbación. Los sueños -cumplidos o no- de la juventud. Una especie de abolición budista del yo.

La calle como borradura y como disolución final. Poesía.

Y un sombrero en llamas.


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