Don Juan reza el rosario por las tardes en la iglesia de Santa María.

A un hombre de su edad le es permitido estar sentado durante la oración, pero él reza el rosario de rodillas. Dice:

—Así adoré a la mujer. Así debo ahora adorar a la Señora.

No puede evitar Don Juan que su mente divague mientras dice las avemarías. Es imposible detener los recuerdos, del mismo modo que no se puede poner freno a los olvidos. Algunas palabras lo hacen tropezar en la devoción: “gracia”, “mujeres”, “muerte”… En los padrenuestros dice “tentación” y se pone a evocar todas aquéllas en las cuales cayó.

Y sin embargo Don Juan es sincero cuando reza, igual que fue sincero cuando no rezaba. Nunca se ha arrepentido de lo que hizo, pues sus culpas fueron de amor.

-Y el Amor todo lo perdona –confía lleno de esperanza.

Pienso que cuando el sevillano comparezca ante el Supremo Juez se escuchará un coro de mujeres:

—¡Perdónalo, Señor!

Y el Señor, en su infinita misericordia, lo perdonará.

¡Hasta mañana!...