“Algunos bailarines, ciertamente se abisman en su imagen…” “El reto es verse críticamente. Como sea, nos vemos siempre diferentes de como somos, narcisos, inconformes, insatisfechos” Solange Lebourges

Las vacaciones de invierno son generalmente bien recibidas por los estudiantes: convivir con la familia, celebrar y por supuesto, tomar un merecido descanso. Para una considerable parte de los mexicanos, el regreso a la actividad, después de dos semanas de receso, entre tamales y buñuelos,  implica volver con algunos kilos de más, muy justificables como la reserva adiposa que el cuerpo inteligentemente almacena para soportar el frío invierno (ya no tan frío en nuestros tiempos) y que junto a la ropa abrigadora podrá pasar desapercibida hasta la próxima primavera, en la que muy probablemente el cuerpo haya recuperado su figura. 

Para una bailarina de ballet estas dos semanas de inactividad tienen implicaciones mayores, y retornar al salón puede causar cierta angustia por presentarse en leotardo y mallas, frente a la mirada del maestro y del espejo, que puede ser incluso más servera que la del más estricto director de compañía.

Aunque desde hace décadas el culto por la figura femenina delgada se ha hecho presente de manera intermitente, es claro que no siempre fue así, desde el canon de belleza relacionado con la fertilidad y la capacidad de parir y criar a los hijos: con senos y caderas anchas, que durante siglos prevaleció, y que se inmortalizó en pinturas y esculturas clásicas que presentaban el cuerpo de la mujer desnuda en su estado más natural. Fue en la Edad Media cuando el cristianismo impuso el ideal de mujer frágil y pura y aunque durante el Renacimiento volvó la mirada a la belleza de la armonía y la proporción natural, en el Barroco los cuerpos redondos que enfatizaban cinturas exageradamente estrechas, dejaron un legado por varias décadas y fue hasta 1920 cuando la mujer se liberó del estilo victoriano y del corsé, junto al dolor y la incomodidad que esa rígida pieza del atuendo proporcionaba. Durante los años 50 las curvas se mostraron abiertamente, en la figura de reloj de arena, con voluptuosas formas como las exhibidas por Marilyn Monroe. Más tarde, en los 60s la revolución sexual toma como ideal de la figura femenina una delgadez extrema con rasgos andróginos e infantiles, personificados en la modelo Leslie Lawson “Twiggy”, y desde entonces, los íconos de las pasarelas han impuesto la moda del cuerpo flaco, oscilando entre atlético y saludable, huesudo casi anoréxico, o atlético y voluptuoso. En la danza clásica la evolución de la percepción del cuerpo ha sido muy similar, en el siglo XIX cuando las principales figuras del Romanticismo mostraban una frágil cintura contenida por un corsé, junto a hombros, brazos y piernas gruesas. Las bailarinas, ataviadas en tutú romántico (largo hasta la pantorrilla) o más tarde en tutú clásico (de plato) danzaron durante años en los escenarios del mundo entero, realizando toda clase de proezas técnicas con gracia y virtuosismo.

Fue Balanchine, quien introdujo en la danza el modelo del cuerpo magro, extremadamente delgado: piernas largas, cuello largo, senos casi imperceptibles y caderas estrechas; para lo que exigía mantener un peso muy por debajo del promedio (sus bailarinas debían pesar alrededor de 45kg. con estatura de hasta 1.63m.). El coreógrafo ruso-estadounidense argumentaba que sólo con este cuerpo se lograrían apreciar líneas perfectas y estéticas y las bailarinas podrían ejecutar con ligereza los requerimientos técnicos de sus coreografías.

Lamentablemente el culto a la delgadez aunado a muchos otros factores que prevalecen en nuestra sociedad, han llevado a cada mez más mujeres (no sólo a las bailarinas) hacia trastornos alimentarios. Sobre este tema continuaremos comentando en la próxima entrega.